Son las seis de la mañana del 20 de enero y en Acehúche es noche cerrada. Hiela.
Las calles llevan desde ayer alfombradas de romero, y sobre esa alfombra suena un tambor. Es la alborá. El tamborilero cruza el pueblo tocando a esta hora impía para llamar a los primeros que tienen que levantarse.
En varias casas, medio centenar de hombres empieza a vestirse de fiera. Pieles de cabra y de oveja, una careta con colmillos, un ramo de acebuche en la mano. Cuando crucen el umbral y salgan a la calle, habrán dejado de tener nombre. Serán carantoñas.
Ocurre cada 20 de enero, día de San Sebastián, en un pueblo de 808 vecinos asomado a los riberos del Tajo, en el norte de Cáceres. Es una de las estampas más antiguas y desconcertantes del invierno español.
Un santo, unas fieras y un origen que se ha perdido
La historia que cuentan los mayores empieza en Roma. San Sebastián, soldado condenado a muerte por no renegar de su fe, es asaeteado y abandonado atado a un árbol. Cuenta la tradición que las fieras del bosque, en lugar de devorarlo, se juntaron a su alrededor y lo velaron hasta que los cristianos lo encontraron con vida. Esas fieras son las carantoñas, y su reverencia ante el santo es lo que el pueblo entero representa en la calle cada enero.
Esa es la lectura que puso encima la Iglesia. Por debajo late otra mucho más vieja. Las pieles de macho cabrío, la rama de acebuche, los pimientos secos de la careta apuntan a un rito de fertilidad y protección ligado al ciclo del ganado, a ese hueco muerto del invierno en que el pastor no tenía nada que guardar y bajaba al pueblo. Los estudiosos suelen leerlo así: un fondo pagano y prerromano que el cristianismo asumió y vistió con la figura de San Sebastián. El cronista oficial de Acehúche lleva su origen hasta el siglo II.
La verdad honesta es que nadie lo sabe del todo. Con los siglos se ha perdido el código para leer buena parte de sus símbolos, y en el propio pueblo se admite sin reparo. Queda el gesto, intacto, aunque su significado primero se haya ido borrando.
Lo que sí se puede afirmar es el parentesco. Las Carantoñas pertenecen a una familia de ritos ibéricos en los que un hombre se cubre de pieles y se echa a la calle convertido en bestia. La más cercana es su vecina extremeña, el Jarramplas de Piornal, en las cumbres del Valle del Jerte. La misma sangre corre por el Cascamorras de Baza, el Cipotegato de Tarazona, la Vijanera de Silió y la Endiablada de Almonacid del Marquesado. El hombre-bestia del invierno, contado en cada pueblo a su manera.
Vestirse de carantoña
El traje pesa como una armadura, y se monta pieza a pieza. Una piel para cada mano, una para cada pierna, y dos grandes —el zamarrón— que cubren pecho y espalda. Todo de cabra y de oveja, sujeto al cuerpo con una cincha bien apretada a la cintura para que aguante la mañana entera.
Encima, la careta. También de piel, y rematada con lo que el campo da: colmillos, orejas de animal y unos pimientos secos que le ponen a la máscara ese rojo entre cómico y siniestro. En la mano, el ramo. Es de acebuche, el olivo silvestre que crece por toda la zona y que —esto pocos lo saben de fuera— le da su nombre al pueblo: Acehúche viene de ahí.
Debajo de todo eso hay un vecino, pero es lo primero que se pierde de vista. Bajo la máscara no se sabe quién va, y esa es media gracia. Muchos se visten por una promesa hecha al santo, y una vez hecha no la sueltan: en el pueblo hay quien lleva casi medio siglo saliendo cada 20 de enero, sin faltar un año. Al ponerse las pieles, el hombre se aparta de sí mismo y se convierte en otra cosa. Durante unas horas es fiera, y como fiera se comporta: ronca, embiste de mentira, persigue a los críos, se deja fotografiar dando miedo.
Y sin embargo, llegado el momento, esa misma fiera se arrodilla.
Merece la pena verlo desde dentro, y para eso hace falta madrugar el día 20 y, sobre todo, tener dónde dormir cerca de Acehúche resuelto con tiempo. El pueblo es diminuto y en San Sebastián no cabe un alfiler.
La procesión: cuando las bestias se postran
A media mañana el pueblo se junta en la puerta del mayordomo. Se reparten cartuchos y confeti, y la gente baila con las carantoñas al son del tamborilero, que no ha parado desde el alba. Poco antes del mediodía, todos se acercan a la iglesia. Entonces la mañana cambia de tono.
Salen los tiraores, jóvenes armados con escopetas de cartuchos que esperan al santo en la puerta del templo y en las esquinas de su recorrido. Cuando la imagen de San Sebastián asoma a la calle, disparan al aire una salva cerrada, un estruendo de pólvora que retumba entre las casas y anuncia que la procesión ha empezado.
Escoltan al santo las regaoras —también llamadas patanas—, mujeres vestidas con el traje típico de Acehúche, el de bayeta. Le echan confeti a la imagen y le cantan mientras avanza.
Y ahí, en mitad del ruido, llega el momento que lo explica todo. Las carantoñas, que hasta hace un instante rugían y correteaban, se paran en seco ante la imagen y se postran. La fiera doblando la rodilla ante el santo. Es la escena que el pueblo lleva repitiendo generación tras generación, y por la que aguanta uno el frío de enero de pie en una calle del norte de Cáceres.
La procesión vuelve a la iglesia para la misa. Y cuando parece que se acaba, aparece la Vacatora: una carantoña disfrazada de toro, con dos varas armadas de cuernos largos bajo una manta. Embiste, dispersa a las demás carantoñas por la plaza en una carrera de risas y sustos, y con ese jolgorio se cierra la fiesta grande.
Lo que el visitante no sabe
El día grande es el 20, no el 21. San Sebastián cae el 20 de enero, y ese es el día del lleno, la procesión y la Vacatora. El 21 la fiesta se repite bajo el nombre de San Sebastianino, en una versión más íntima y con mucha menos gente. Si buscas el gentío y la estampa completa, ve el 20; si prefieres vivirlo con calma y codo con codo con los del pueblo, el 21 es el día de los que saben.
El pueblo se llama como la rama que llevan. El acebuche —olivo silvestre— da nombre a Acehúche y viaja en la mano de cada carantoña. Fiesta, árbol y pueblo comparten raíz, y no es casualidad.
Hubo un tiempo en que había que pagar por salir. Antiguamente pocos querían vestirse de carantoña, y llegó a pagarse a los participantes para que la fiesta no muriera. Hoy pasa lo contrario: el papel se hereda de padres a hijos y de madres a hijas, y salir es un orgullo.
En el siglo XIX la fiesta tenía sexo y parto. Los libros recogen una escena hoy desaparecida: una carantoña —el galán— simulaba yacer con una mujer, la madama, y al poco “nacía” otra carantoña a la que las demás alimentaban con gachas. Un guiño de fertilidad tan directo que se explica solo, y que apunta de nuevo al viejo fondo pagano de todo esto.
“Las papas”. En ambos días, una de las carantoñas ofrece a los visitantes las papas, unas gachas de la casa, junto a los dulces del convite: briñuelos, floretas, perronillas y repelaos, regados con licores caseros. Aceptar el plato es parte del rito.
El programa, día a día
19 de enero, la víspera. Los mayordomos y sus familias salen al campo a por el romero con el que se alfombran el camino de la iglesia y las calles de la procesión. Al caer la tarde, el pueblo recibe al tamborilero entre cohetes y petardos; se encienden las hogueras y se asa el cerdo. La fiesta ya huele a pólvora.
20 de enero, San Sebastián (día grande). A las seis, la alborá: el tamborilero despierta a las carantoñas, que desayunan migas con café en casa del mayordomo. Después riegan el romero recogido la víspera. Hacia las once, el pueblo se congrega en la puerta del mayordomo; cerca del mediodía arranca la procesión con las salvas de los tiraores, la escolta de las regaoras y las carantoñas postrándose ante el santo. Tras la misa, la Vacatora dispersa a las fieras y cierra la mañana.
21 de enero, San Sebastianino. La fiesta se repite en tono menor, más recogida y con menos visitantes. El día tranquilo, para quien quiera vivir Acehúche sin aglomeración.
Dónde dormir y datos útiles
- Cuándo. Del 19 al 21 de enero, todos los años, con fecha fija. El día grande es el 20 (San Sebastián); el 21 es San Sebastianino.
- Dónde está. Acehúche, en el norte de la provincia de Cáceres, sobre los riberos del Tajo, en la comarca de Coria.
- Dónde dormir. Con 808 vecinos, Acehúche tiene las camas contadas, y en San Sebastián se llena de gente de la comarca y de fuera. Conviene reservar con antelación: si el pueblo se queda corto, la mejor opción es alojarse en Coria, a unos 35 kilómetros, concentra la mayor parte del alojamiento de la zona y es una buena base para acercarse el día grande y aprovechar para visitar este lugar conocido por su impresionante patrimonio histórico de más de 2.000 años.
- Sello. Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 2019 (antes, Regional desde 1987). El pueblo pelea ahora por el título Internacional.
- Si vas fuera de enero. El rito se puede conocer el resto del año sin necesidad de pieles. El Centro de Interpretación del Queso de Cabra y las Carantoñas —que hace también de oficina de turismo— guarda las caretas, los trajes y la historia de la fiesta, y abre casi todo el año (de miércoles a domingo; conviene confirmar el horario, que cambia con la temporada). Y en una plaza del pueblo, la escultura a las Carantoñas deja claro, en bronce, quién manda aquí.
Créditos fotográficos:
Foto de cabecera: "Acehuche.jpg" por António Tedim, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.
Foto 1: "Las Carantoñas de Acehúche en el VIII Festival de la Máscara de Zamora (30083593165).jpg" por Diputación de Cáceres, vía Flickr. Licencia CC BY 2.0. Modificada.
Foto 2: "Acehúche.jpg" por António Tedim, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.
Foto 3: "Carantoñas de Acehúche.jpg" por Carmenventurav. Licencia CC BY-SA 4.0.