Cada diciembre vuelve la misma palabra pegada a las tradiciones: milenario, ancestral, los celtas, el culto al sol. Suena bien en un cartel. Pero cuando tiras del hilo —el tronco, el ramo de velas, las uvas, la puerta en la que cantan unos críos— aparece una historia mejor que el mito, y casi siempre más corta de siglos.

Esta página es ese hilo: lo que dicen los libros de la parroquia y los que llevan media vida estudiando estas fiestas. Lo que no cabe en un cartel. Del norte que se queda en casa en Nochebuena al sur que enciende la candela en el patio, estas son las costumbres que vivimos sin saber muy bien de dónde vienen. Aquí lo contamos.

El Ramo Leonés

La constelación de luz que León enciende cada Navidad

Ramo Leonés. Tradición leonesa exclusiva de la provincia.

Caen las noches de invierno sobre León y la ciudad se llena de pequeñas hogueras de cera. En el escaparate de la tienda, en la ventana de las casas, y a lo grande en las rotondas y las plazas —donde algún año se alzan más de una docena, altísimos e iluminados—, arde el mismo prodigio de madera y luz: el ramo leonés.

Imagínatelo. Un armazón de madera, casi siempre triangular, vestido de cintas de colores, roscas de pan dulce y manzanas, y coronándolo una hilera de velas entre la ocuridad de esas noches cerradas. Cada adorno esconde un deseo: salud, buena cosecha, que el año que entra venga de cara. La tradición marca la noche del 24: se viste en casa con mimo, se lleva en volandas hasta la iglesia y allí un coro de mujeres lo ofrece cantando ante el altar. Puro fulgor de Navidad.

Hoy, en León, todos lucen doce velas, una por cada mes del año —aunque los grandes de las plazas, y ya muchos de las casas, las encienden con luces con forma de llama en lugar de cera—. Pero aquí viene lo que no cuenta el cartel: no siempre fueron doce. En los ramos antiguos el número bailaba, y muchas veces era impar —quince, nueve, siete—, porque aquello era, sobre todo, la forma que tenía el pueblo de regalarle cera a su iglesia. Y no era regalo menor: la cera costaba dinero, y el templo quemaba muchísima para alumbrar el altar y las misas durante todo el año. Ofrecerla era devoción y ayuda a partes iguales.

Y hablando de tópicos: probablemente leerás que el ramo tiene "más de mil años", que era un culto al sol, que es el abuelo del árbol de Navidad. Suena épico, pero la historia real es más de andar por casa e igual de bonita. Aparece anotado en los libros de las parroquias desde el siglo XVI —hay un ramo en las cuentas de La Bañeza en 1560— y los armazones más viejos que se conservan son del XVIII. Nada de druidas: una tradición de velas y villancicos que estuvo a punto de apagarse con la despoblación y que, desde los años noventa, ha vuelto a encenderse por toda la provincia.

Míralo de noche, cuando la luz de las velas se refleja en los cristales. Ahí entiendes por qué León nunca necesitó un abeto.

El "Caga Tió" o "Tió de Nadal"

El tronco mágico de las navidades catalanas

En Cataluña, la Navidad tiene un protagonista de madera, y es puro embrujo para los niños. El 8 de diciembre aparece en un rincón de la casa un tronco con la cara pintada, una barretina roja en la cabeza —el gorro tradicional catalán— y una mantita por encima para que no pase frío. Los pequeños lo adoptan como a una mascota: le echan de comer cada noche y lo arropan antes de dormir. Y cuanto mejor lo cuidan, más generoso se pondrá la noche del 24.

Porque en Nochebuena llega el momento: bastón en mano, los niños le cantan y lo golpean con ganas para que "cague" los regalos, mientras un mayor va deslizando por debajo de la manta dulces, turrón y barquillos. La cancioncilla, que cada casa guarda con su propia letra, suena así:

Caga tió,
avellanes i torró,
no caguis arengades
que són massa salades,
caga torrons
que són més bons.
Caga tió, ametlles i torró,
si no vols cagar
et donaré un cop de bastó!

Caga tió, Tió de Nadal. Tradición navideña propia de la comunidad de Cataluña.

("Caga, tió, avellanas y turrón; no cagues arenques, que están muy salados; caga turrones, que están más ricos… y si no quieres cagar, ¡te doy un bastonazo!"). Un apunte para presumir en la cena: eso de "cagatió" es en realidad el nombre de la canción y del juego; el tronco, él solito, se llama Tió.

¿Y de dónde sale esta maravilla? Aquí también hay cartel inflado. Leerás que es un rito precristiano del solsticio, pero eso las propias fuentes catalanas lo ponen en duda. Lo firme, y lo bonito, es otra cosa: el Tió viene de la vieja familia europea del tronco que ardía en el hogar para dar calor y luz en lo más crudo del invierno —el mismo aire del leño de Yule inglés o del tizón do Nadal gallego—. Lo que sí está bien documentado, y lo recogió el gran folclorista catalán Joan Amades, es la ceremonia de los niños: cuidarlo, taparlo y apalearlo por los regalos. Esa es la magia que ha llegado hasta hoy. La cara sonriente y la barretina, por cierto, son un adorno moderno; hoy los hay hasta con peluca de colores, y con versiones femeninas, las Tionas.

Y no se marcha uno de la Navidad catalana sin buscar al caganer: esa figurita del belén, escondida en un rincón, agachada y haciendo sus necesidades sin el menor pudor. Lejos de ser una gamberrada reciente, acompaña a los pesebres desde el siglo XVIII, y se tiene por señal de buena suerte y prosperidad, el que abona la tierra para que el año venga fértil. Dar con él entre el musgo es media diversión de la tarde.

Los que bajan del monte

Personajes típicos de Navidad en España

En buena parte del norte, los regalos de Nochebuena no los trae un señor de rojo venido de fuera: los baja un viejo de la montaña de al lado. Cambia el nombre según el valle —el Olentzero carbonero en el País Vasco, el Apalpador en Galicia, el Esteru en Cantabria, l'Anguleru en Asturias, la Vieja del Monte en León—, pero la estampa se repite: alguien que vive arriba, en el bosque o en la sierra, y que esa noche baja al pueblo cargado de comida y regalos.

Algunos vienen de muy atrás; a otros los ha rescatado un puñado de vecinos que no quería verlos desaparecer.

Tienen demasiada historia para despacharlos de pasada, así que les hemos dado su sitio y los tienes a todos, uno a uno, aquí: los que bajan del monte. Ahí los contamos al completo.

Historia de "la vieja del monte" de León, anciana que vivía en la montaña y enviaba comida a los niños en Navidad a través de los pastores que bajaban al pueblo.

Las doce uvas

La broma de barrio que acabó siendo lo más solemne del año

Las doce campanadas, doce uvas y esos doce segundos en que España entera contiene la respiración a la vez. La postal es siempre la Puerta del Sol a rebosar, pero esa es solo la imagen de la tele, lo que llega a todas las casas es el reloj por la pantalla: la mayoría las come en casa, en el salón, con la familia, entre risas, peleándose por tragarlas a tiempo mientras alguien se atraganta y no llega.

Y cómo empezó es la mejor curiosidad de toda: en 1909 sobró una cosecha de uva en Alicante y los agricultores se inventaron la tradición para darle salida. Bonito, pero llegó tarde.

Lo que pasó de verdad viene de antes y tiene más gracia. A finales del siglo XIX, la gente pudiente de Madrid tomaba uvas con champán en Nochevieja, a la francesa. En 1882, el alcalde apretó las tuercas a la juerga callejera de la víspera de Reyes, y los madrileños de a pie respondieron a su manera: se plantaron en la Puerta del Sol a comerse las uvas al son de las campanadas, medio en burla de los señoritos y su costumbre fina. La prensa ya lo recoge en aquella década. Lo de 1909 fue, como mucho, el empujón que llevó a toda España una costumbre que ya estaba en la calle.

Así que esos doce segundos tan solemnes, con el país entero callado ante el reloj, nacieron como una chanza de barrio contra los de arriba. Piénsalo el 31, cuando se te escape la séptima uva.

De dónde viene la costumbre de comer doce uvas en nochevieja en España.

El aguinaldo

La palabra que nadie sabe de dónde viene

Aguinaldo navideño, costumbres típicas españolas que tienen lugar en Navidad

Hubo un tiempo en que, por estas fechas, llamaban a tu puerta cuatro críos con una pandereta, una zambomba y una botella de anís vacía que rascaban con una cuchara. Cantaban un villancico, esperaban su recompensa —unos dulces, unas monedas— y salían corriendo a la casa siguiente. Era pedir el aguinaldo, y durante generaciones llenó de villancicos destemplados los portales de media España.

Hoy casi no se ve; se ha ido apagando pueblo a pueblo, y a los niños de ahora les suena más el "truco o trato" que aquello. Lo que sí se mantiene es la costumbre de ir a ver a los padrinos por Navidad y que ellos te den el aguinaldo: unas monedas, un billete, la propina de las fiestas.

Lo curioso está en la propia palabra. Cada sitio te dará un origen distinto y muy seguro de sí mismo —que si viene del latín, que si de una diosa romana—, pero la verdad es que nadie tiene cerrada su etimología: hay varias teorías y ninguna gana. Tiene su gracia que una palabra tan de andar por casa siga siendo un pequeño misterio. Hoy, además, el mismo término nombra la paga extra y la cesta de Navidad de la empresa.

Y ese cacharro que llevaban los niños para pedirlo, la zambomba, nos lleva derechos al sur.

Las Zambombas de Jerez

Villancicos por bulerías alrededor del fuego

Baja el sol en Jerez y en un patio de vecinos prende una candela. Alrededor se cierra el corro. Alguien frota la caña de la zambomba —ese tambor ronco que suena a raíz de la tierra—, arrancan las palmas, y el villancico de toda la vida sale por bulerías, con quejío y compás. Corre el anís, corre el vino de Jerez, hay pestiños y mantecados en la mesa, y aquí no hay escenario ni público: canta y se arranca quien quiere, que para eso es la fiesta.

Y no es un montaje para turistas: en los patios y corrales de los barrios jerezanos esto se hace desde finales del siglo XVIII, y en el XIX se empapó de flamenco hasta quedar así, con su duende. Tanto arraigo tiene que la Junta de Andalucía la declaró Bien de Interés Cultural en 2015.

Ahora bien, aquí va la curiosidad honesta: ese mismo reconocimiento ha llenado diciembre de zambombas con entrada, cartel y horario, muy apañadas para el que viene de fuera. Pero cualquier jerezano te dirá que la de verdad sigue siendo la del patio, la gratis, la de los vecinos, la que se arma sin avisar. Se celebran de finales de noviembre a Nochebuena. Si te cruzas una por la calle, no sigas de largo: métete, da unas palmas y déjate llevar.

Zambombas navideñas, costumbre propia del sur de España, típica concretamente de Jerez.

Las supersticiones de Nochevieja

Ropa roja, oro en la copa y el pie derecho

Supersticiones y tradiciones típicas de nochevieja en España

Dan las doce y, además de pelearse con las uvas, en cada casa se despliega un pequeño arsenal de supersticiones que todo el mundo cumple aunque nadie sepa muy bien por qué. Y ahí está su gracia: son ritos de andar por casa, sin gran historia detrás, pero que nadie se atreve a saltarse "por si acaso".

El más famoso es la ropa interior roja, que hay que estrenar esa noche para atraer la suerte y, sobre todo, el amor. De dónde viene, nadie lo tiene claro: se cuenta que en la Edad Media el rojo estaba mal visto —lo asociaban a la brujería— y por eso se llevaba escondido debajo de la ropa, pero es más leyenda bonita que dato firme. Da igual: cada 31 de diciembre las tiendas lo venden a espuertas.

Luego está lo de estrenar algo esa noche, del todo, para empezar el año nuevo también por fuera. Y el oro en la copa: echar un anillo o una joya al cava del brindis, para que el año venga con prosperidad —eso sí, con cuidado de no tragárselo con las prisas—.

Y la más silenciosa de todas, la del pie derecho: hay quien, al llegar la última campanada, deja el pie en el aire y lo posa en el suelo con el año ya empezado, para entrar en él con buen pie de verdad. Ojo con confundirse de pie, que el izquierdo trae justo lo contrario.

Los belenes

Del musgo de casa a los que rozan el récord

En muchas casas de España la Navidad no empieza de verdad hasta que se monta el belén. Se baja la caja del altillo, se desenvuelven las figuras una a una —algunas heredadas, con una oveja a la que le falta una pata desde que uno era niño— y se discute, como cada año, por dónde tiene que bajar el río de papel de plata. Los más aplicados salen al campo a por musgo de verdad para las montañas, que irán espolvoreadas con harina, y el Niño no se coloca en el pesebre hasta la noche del 24, que antes no toca. Es un ritual pequeño y familiar, de padres a hijos, y ahí está media Navidad española.

Lo que pasa es que, de esa costumbre tan de salón, este país ha sacado cosas que quitan el sentido.

En Rute, en Córdoba, un obrador levanta desde 1999 un belén entero de chocolate —más de una tonelada de cacao, con una escena distinta cada año—, y lo tienen por el más grande del mundo. Se huele antes de verlo.

En Las Palmas, sobre la arena de la playa de las Canteras, escultores llegados de medio mundo modelan cada diciembre un Nacimiento gigante de arena frente al mar, que dura lo que dura el invierno y luego se lo lleva el viento. Arte de usar y tirar, y de los sitios más visitados de España en estas fechas.

Los belenes más particulares e impresionantes de España.

Los hay que cambian el barro por otra cosa: en varios pueblos y ciudades del país se montan belenes hechos con clicks de Playmobil, con miles de muñecos recreando el portal, el empadronamiento y hasta oficios de la época; detrás suele estar una asociación de coleccionistas que colecciona récords de tanto muñeco junto.

Y luego está el músculo. En Alicante levantan un belén monumental tan descomunal —diecisiete metros de altura— que se coló en el libro Guinness como el mayor del mundo. Otros, en cambio, prescinden de las figuras y las hacen de carne y hueso: en Buitrago de Lozoya, en la sierra de Madrid, el pueblo entero se disfraza y se echa a la calle desde 1988 para representar un belén viviente con más de doscientos vecinos, de los que hacen afición.

Del pesebre de tu salón al de diecisiete metros hay un buen trecho, pero es el mismo gesto: recrear, un año más, aquella noche en un establo.

Los secretos de la Lotería del Niño

Cierra las fiestas, el 6 de enero, cuando ya casi hemos recogido el turrón: el Sorteo del Niño, el hermano pequeño del Gordo de Navidad, que reparte la última ilusión del año antes de volver a la rutina. Y detrás de ese sorteo tan familiar hay más historia de la que parece.

Nació en plena posguerra: el primer sorteo oficial se celebró en 1941, de la mano del general Fernando Roldán, entonces al frente de la Dirección de Timbre y Monopolios. Aquella primera edición era modesta comparada con la de hoy —cuatro series de 42.000 billetes, a 150 pesetas cada uno—, y el Gordo de aquel estreno, el número 23.594, viajó hasta Sevilla. Con él arrancó una tradición que ya dura más de ochenta años.

Curiosamente, el sorteo existía mucho antes de llamarse como se llama: el nombre oficial de "El Niño" no aparece en las listas de premios hasta 1966, aunque el pueblo ya lo llamaba así por su cercanía con la Epifanía, cuando los Reyes Magos adoran al Niño.

Pero su origen de verdad puede que sea aún más antiguo y mucho más bonito. La teoría más aceptada apunta a una mujer: María del Carmen Hernández y Espinosa de los Monteros, duquesa de Santoña, que a finales del siglo XIX impulsó una "Rifa Nacional del Niño" para levantar un hospital infantil en Madrid, el que hoy sigue en pie como Hospital del Niño Jesús. Tan buena causa era que, en 1877, el rey Alfonso XII eximió aquella rifa del impuesto que pagaban las demás. La duquesa, por cierto, lo dio todo en aquella obra y acabó sus días arruinada. Un origen benéfico, mucho antes de que el sorteo fuera cosa del Estado.

Todo, en realidad, venía de más atrás: la lotería llegó a España de la mano de Carlos III en 1763, la célebre Lotería Primitiva, y de aquella idea ilustrada desciende, siglos después, todo el universo de sorteos español, el del Niño incluido.

Y un par de detalles para presumir en la sobremesa del Roscón. El sorteo no siempre se celebró el día de Reyes: durante décadas se hizo el 5 de enero, y no se mudó al 6 hasta 1999. Y aunque es el segundo en importancia tras el de Navidad, reparte la suerte con más generosidad: mientras en Navidad la probabilidad de que un décimo caiga premiado ronda el 5%, en el Niño sube hasta el 8%, sobre todo porque destina mucho más dinero a reintegros. Para empezar el año con suerte, tiene, literalmente, más papeletas.

Ninguna de estas costumbres necesita mil años inventados para merecer la pena. Un armazón de velas que canta un coro de mujeres, un tronco al que se apalea, una uva que empezó como chufla, una candela en un patio de Jerez: contado de verdad, gana al cartel.

Si quieres seguir el hilo, en diciembre tienes las fechas de todo esto, en Los que bajan del monte viven el Olentzero y los suyos, y en cultura y tradiciones hay más de lo que cabe en cualquier folleto. Feliz Navidad, y buen provecho con la séptima uva.

Créditos fotográficos:
Foto: Zambomba (tambor de fricción), El Pantera, vía Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.