El Cipotegato de Tarazona:

el arlequín que cruza la plaza bajo una lluvia de tomates

El Cipotegato es la figura que abre las fiestas de San Atilano en Tarazona (Zaragoza, Aragón). Cada 27 de agosto, a las doce en punto del mediodía, un vecino disfrazado de arlequín sale por la puerta del Ayuntamiento y cruza la plaza de España mientras miles de personas lo sepultan a tomatazos. En 2026 cae en jueves, y con su carrera roja arranca la semana grande turiasonense.

Las doce, y el aire ya huele a tomate

Llevan toda la mañana llegando, vestidos de blanco y azul, los colores de las fiestas turiasonenses. Mucho antes del mediodía la plaza de España está tan apretada que cuesta levantar el brazo, y cada cual guarda su munición a los pies: las bolsas de tomate que reparten las peñas, cajas, baldes que el sol de agosto lleva horas calentando. Flota un olor dulzón y ácido, espeso, ese olor que en cualquier otro sitio echaría para atrás y que en Tarazona quiere decir una cosa muy concreta: que han vuelto las fiestas.

Las campanadas del reloj del Ayuntamiento empiezan a caer sobre el gentío. A la última, la puerta grande se abre y de la sombra del zaguán sale él: acolchado hasta parecer más ancho que alto, la cara tapada, el palo con su bola colgando de la mano. No le da tiempo ni a respirar. La primera andanada de tomates ya vuela hacia su pecho mientras miles de gargantas estallan a la vez con su nombre: ¡Cipote, Cipote!. Lo que viene después dura apenas unos minutos, y son los minutos que Tarazona entera espera el año entero.

De dónde sale este personaje (y por qué casi nadie lo cuenta bien)

Pregunta por su origen a los más ancianos del lugar y se encogerán de hombros: "el Cipotegato es de toda la vida". Y no andan descaminados, aunque la fecha exacta se pierda en la niebla.

La historia que te contarán primero, la que repiten casi todas las webs, es la del preso. Dicen que hace siglos, por las fiestas del patrón, Tarazona ofrecía la libertad a un condenado a muerte si lograba cruzar el pueblo bajo una lluvia de piedras y tocar una cadena a las afueras. Suena de película. Y conviene decirlo claro, porque casi nadie lo dice: el propio Ayuntamiento admite que no hay ni un papel que lo sostenga, y lo da por leyenda. Que se siga contando es, en sí mismo, parte del encanto.

Lo que la ciudad sí recuerda de verdad es menos heroico y más sabroso. En las vísperas del Corpus, hace cuatrocientos años, ya andaba por Tarazona un tipo disfrazado que correteaba a los críos para que no estorbaran los oficios, blandiendo una vara con una vejiga de gato hinchada en la punta. Tanto incordió que el Cabildo de la catedral acabó prohibiéndole salir. Y en ese cacharro está, sin que muchos lo sepan, la clave de su nombre: por aquí, en Aragón, Navarra y La Rioja, un cipote es una porra de golpear; el gato, la vejiga de ese animal que colgaba del palo. Cipotegato, la porra del gato. La bola de trapo que hoy se bambolea en su vara es la biznieta directa de aquella vejiga.

Los que más saben lo atan a otra cosa: al viejo Dance de Tarazona, el baile de palos que se apagó hace casi un siglo. El Cipotegato habría sido el bufón que abría hueco a los danzantes, el que apartaba a la gente a empujones y la incordiaba con sus impertinencias, hasta que los vecinos, hartos, empezaban a tirarle lo primero que tenían a mano. Quien quiera saber de dónde le vienen los tomatazos, que mire por ahí.

El día que dejó de perseguir y empezó a ser perseguido

Multitud lanzando tomates al Cipotegato en la plaza de España de Tarazona durante las fiestas de San Atilano

Durante generaciones, el Cipotegato fue el que mandaba en la calle. Salía por delante de la procesión y de los Gigantes y Cabezudos, espantando a varazos a la chiquillería para abrir paso a las autoridades. Era el coco, el que metía un poco de miedo.

La Guerra Civil cortó la costumbre, y cuando volvió, el mundo se había puesto del revés. Ahora eran los críos los que lo esperaban a la salida del Ayuntamiento para devolvérsela, y le tiraban los restos de verdura que quedaban por el suelo de la plaza, donde entonces se montaba el mercado. Berzas, hojas, algún tomate pasado. Con los años la verdura se quedó en tomate, y aquella chiquillada se convirtió en el acto más sagrado del calendario turiasonense.

Cambió hasta lo que significaba llevarlo. Hubo un tiempo en que ser Cipotegato era casi una deshonra, algo que se pagaba con poca cosa —se cuenta que con unas alpargatas y la entrada a los toros— porque nadie quería el papel. Eso se dio la vuelta del todo. En 1984, un tal Luis Escribano salió por gusto, sin cobrar un duro, y desde 1987 hay que echarlo a suertes, porque cada agosto se apuntan más de 150 vecinos dispuestos a comerse todos los tomates del mundo por vivir ese minuto.

El héroe que nadie conoce

El Cipotegato no tiene cara, y esa es la gracia. El elegido guarda el secreto a cal y canto: a veces ni en su propia casa saben del todo que es él hasta que vuelve sano y salvo al Ayuntamiento y se descubre la máscara. Sale embutido en un traje acolchado de rombos amarillos, rojos y verdes, con la cabeza tapada por un capuchón —el cipotero— que apenas le deja respirar, y la vara con su bola en la mano.

El acolchado, dicen los que lo han llevado, engaña: un tomate maduro lanzado de cerca escuece igual. Por eso no sale solo. Lo rodean antiguos Cipotegatos, amigos y cuadrillas enteras que hacen muralla con el cuerpo para abrirle un pasillo y sacarlo de la plaza de una pieza.

Vestir ese traje ha sido casi siempre cosa de hombres; las mujeres que lo han hecho se cuentan con los dedos de una mano. La primera fue Loreto Velilla, en 1993: tenía dieciocho años, y el Cipotegato que había salido elegido le cedió su sitio para que entrara en la historia. La segunda no llegó hasta 2011, cuando Pilar Galindo salió elegida por sorteo, dieciocho años justos después; desde entonces alguna otra ha seguido sus pasos.

Lo que no se ve desde la plaza

Hay un detalle que casi nunca se cuenta: la ruta. El recorrido del Cipotegato no se traza al azar. Suele dibujar un mapa íntimo de quien va dentro —la calle donde nació, la esquina de su abuela, el portal de un primer amor—, de modo que esos minutos de carrera son, en el fondo, una declaración de cariño de un vecino a su pueblo, escrita a la carrera y en tomate. Durante años fue secreto cerrado; hoy se suele anunciar antes para alargar la fiesta, pero el sentido sigue intacto.

Y cuando todo termina llega la bajada de la plaza. Con el suelo hecho un puré rojo y resbaladizo, la gente baja en tropel y en fiesta por la calle Marrodán mientras los vecinos, desde los balcones, vacían cubos de agua para ir borrando el rastro de tomate de los que pasan. Música, resbalones, risas y agua limpia cayendo sobre la pulpa: el reverso amable de la batalla.

Tanto se metió este personaje en el alma del pueblo que de él quedó hasta un dicho que por la zona aún se oye —"eres más tonto que el Cipotegato"—, de cuando la figura daba más risa que respeto. A simple vista, esta tormenta de tomate recuerda a La Tomatina de Buñol, pero el parecido es solo de piel: la batalla valenciana nació de una gamberrada del siglo pasado, y el Cipotegato baja de aquellas viejas procesiones de hace siglos.

Mural del Cipotegato de Tarazona, con el traje de rombos amarillos, rojos y verdes y la vara con la bola

La carrera y la coronación

Tras la primera lluvia empieza lo bueno. Escoltado y medio a ciegas, el Cipotegato se abre camino calle arriba, perseguido por una marea blanca y azul ya teñida de rojo que no deja de apuntarle, embadurnado de la cabeza a los pies, hasta que da media vuelta y vuelve sobre sus pasos. Entonces llega su instante: ya de regreso en la plaza, a salvo por fin de los tomatazos, trepa a la estatua que el pueblo levantó en su honor, frente a la fachada del Ayuntamiento. Allí arriba, rojo de pulpa, recibe el mismo grito que lo despidió a las doce, ahora convertido en ovación, y ata al monumento su pañuelo azul, que algunos años lleva dedicado a alguien querido. Con ese gesto quedan abiertas de verdad las fiestas. Después lo bajan a hombros hasta el Ayuntamiento, donde, antes de poder abrazar a su gente, le espera un reconocimiento médico.

A partir de ahí, Tarazona no para hasta el 1 de septiembre. El día grande es el siguiente, el 28 de agosto, festividad de San Atilano: sale en procesión la reliquia del patrón —la que la ciudad consiguió en 1644 y que, en su momento, mudó la fiesta mayor del Corpus al final del verano— y el Cipotegato vuelve a ir delante de la Corporación, esta vez limpio y sereno, cerrando el círculo del que un día salió.

Datos útiles

  • cuándo: el Cipotegato sale el 27 de agosto a las 12:00 del mediodía (en 2026, jueves). Las fiestas de San Atilano siguen hasta el 1 de septiembre; el día grande es el 28.
  • dónde: plaza de España, frente al Ayuntamiento de Tarazona (Zaragoza, Aragón), en la comarca del Moncayo.
  • cómo llegar: Tarazona está a unos 90 km de Zaragoza y muy cerca de la raya con Navarra (Tudela queda a unos 20 km). En coche por la N-122/A-68; en temporada conviene madrugar para aparcar en los accesos y entrar a pie.
  • dónde colocarse: la plaza se llena horas antes; si quieres vivirlo de cerca, llega muy pronto. Para mirar sin acabar de rojo, mejor las calles del recorrido o un balcón.
  • qué llevar: ropa y calzado que puedas tirar o lavar sin pena, calzado cerrado y antideslizante (el suelo queda hecho un tobogán de tomate) y ropa de recambio. Si te metes al centro de la batalla, protección para los ojos.
  • después: no te pierdas la bajada de la plaza por la calle Marrodán, con el agua cayendo de los balcones. Ojo al suelo resbaladizo.
  • programa y recorrido: los horarios, los conciertos, los festejos y la ruta concreta de cada año los publica el Ayuntamiento de Tarazona y su oficina de turismo. Conviene consultarlos antes de subir.

Esta es de esas fiestas que no se entienden hasta que se viven. Por algo está declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 2009. Pero ningún sello explica lo que pasa de verdad en esa plaza: un pueblo coronando a tomatazos a un héroe sin rostro, mezclando a forasteros y vecinos en la misma carrera roja, riéndose con ternura de su propio personaje. Hay quien lo ve una vez y ya vuelve cada agosto. Y es que el Cipotegato se lleva pegado a la piel el resto del verano.

Programa de fiestas de San Atilano próximamente

Créditos fotográficos:
Foto: "El Cipotegato de Tarazona" por Neva Micheva. Licencia CC BY-SA 3.0.
Foto: "El Cipotegato" por Neva Micheva. Licencia CC BY 2.5.
Foto: "Mural del Cipotegato en Tarazona" por Zarateman. Dominio público (CC0).