
El último miércoles de agosto, un pueblo de 9.000 habitantes recibe a 22.000 personas de todo el mundo. No hay concierto, no hay feria, no hay espectáculo. Hay tomates. Y una hora para lanzarlos todos.
Buñol no lo planeó. Empezó por un accidente en 1945 y sobrevivió a una prohibición que el pueblo respondió saliendo a la calle vestido de luto. Hoy es la batalla de comida más grande del mundo y una marca registrada. Este 26 de agosto de 2026 cumple 80 años.
La Tomatina se celebra dentro de la semana de fiestas patronales de Buñol en honor a San Luis Bertrán y la Virgen de los Desamparados. La semana tiene conciertos, procesiones y paellas populares. La Tomatina es el acto central, el más conocido internacionalmente, pero es un día dentro de una semana entera de fiesta.
La noche antes
Martes por la noche. Las calles de Buñol huelen a verano y a fritanga de feria. Los chiringuitos del Ayuntamiento llevan horas abiertos. Las peñas ocupan cada esquina.
La noche anterior a la Tomatina tiene nombre propio: "la empalma". Llegar fresco al miércoles no es el objetivo. Llegar es suficiente.
Mientras la fiesta continúa en la calle, los vecinos hacen otra cosa. De madrugada, comerciantes y residentes cubren sus fachadas con lonas y plásticos. Ventanas selladas, puertas protegidas, persianas bajadas. El pueblo se prepara para lo que viene como un barco antes de la tormenta.
A las siete de la mañana cierran el acceso en coche. Solo se entra andando. Y ya hay gente caminando.
Un accidente en la plaza
Era el último miércoles de agosto de 1945. Buñol celebraba sus fiestas patronales en honor a San Luis Bertrán y la Virgen de los Desamparados. Desfile de gigantes y cabezudos, música, gente en la calle.
Un grupo de jóvenes quiso colarse en la comitiva. El ímpetu hizo caer a uno de los participantes. El hombre se levantó furioso y empezó a golpear todo lo que encontró a su paso. Cerca había un puesto de frutas y verduras. Los tomates volaron.
Al año siguiente los mismos chicos volvieron. Esta vez con tomates de casa.
La tradición nació del caos. Hay quien señala a un vecino llamado Goltran Zanón como uno de los protagonistas de aquel miércoles, pero nadie tiene pruebas absolutas. La Tomatina empezó sin intención y su origen sigue siendo, en parte, tan espontáneo como ella misma.
Los años siguientes la fiesta creció. Y con ella, los problemas.
El pueblo que enterró un tomate
En los años 50, las autoridades prohibieron la Tomatina por no tener fundamento religioso oficial. La fiesta desapareció del programa, aunque no de las calles, donde los jóvenes intentaban mantenerla viva cada agosto mientras la policía la disolvía.
Un año, un alto cargo visitó Buñol con su uniforme de gala justo el día en que los jóvenes se habían reunido en la plaza. Los tomates no distinguían de cargos. El alcalde tuvo que dejarle ropa para que se cambiara. La respuesta de las autoridades fue endurecer la prohibición. Con penas de cárcel esta vez.
En 1957 Buñol respondió a su manera. Los vecinos organizaron El Entierro del Tomate: un ataúd con un tomate gigante recorrió las calles del pueblo seguido por una banda que tocaba marchas fúnebres y un cortejo vestido de luto. Las mujeres llevaban velos negros. Era una protesta silenciosa. Y fue tan multitudinaria que las autoridades cedieron.
En 1959 la fiesta volvió a autorizarse. Con normas: petardos de aviso para marcar el inicio y el fin de la batalla, que en Buñol llaman carcasas. En 1975 los Clavarios de San Luis Bertrán, cofradía del patrón del pueblo, asumieron la organización y el suministro de tomates. En 1980 el Ayuntamiento tomó el relevo. En 1983 un reportaje en Informe Semanal de TVE la catapultó al resto de España. En 2002 fue declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional. El Ayuntamiento registró entonces el nombre como marca propia: ningún otro municipio del mundo puede celebrar "La Tomatina". Lo que empezó como un accidente en una plaza es hoy propiedad intelectual de Buñol.
La munición
Cada año el Ayuntamiento saca el suministro de tomates a licitación pública. El contrato de 2025 se adjudicó por 53.000 euros. El origen varía según el proveedor ganador: en ediciones recientes han llegado de Extremadura; en otras, de Castellón.
Son tomates de variedad pera, cultivados exclusivamente para la batalla. No aptos para consumo humano. Su textura es blanda, su sabor extremadamente ácido. Como explicó el concejal de Tomatina y Fiestas de Buñol tras la edición de 2025: "Si no fuera porque lo gastamos en esta celebración, no se plantaría." La crítica del desperdicio alimentario que persiguió a la Tomatina durante décadas no tiene base. Esos tomates no habrían llegado a ninguna mesa.
Seis camiones transportan 120.000 kilos hasta las calles del pueblo. Y hay una norma que pocos conocen antes de llegar: hay que aplastar el tomate en la mano antes de lanzarlo. El impacto de un tomate entero a velocidad duele. Aplastado es solo zumo y pulpa. La diferencia entre un moratón y una carcajada.
Hay otro detalle que los veteranos no olvidan mencionar: las gafas de bucear. El ácido del tomate irrita gravemente los ojos. Ver a 22.000 personas vestidas de blanco con gafas de natación tiene una estética de película de ciencia ficción que nadie anticipa antes de llegar. Y que, paradójicamente, convirtió la Tomatina en escena de cine real: en 2011 la película india Zindagi Na Milegi Dobara rodó aquí una de sus secuencias más memorables. Fue el mayor éxito de Bollywood de ese año. Según el Instituto de Turismo de España, India aportó 27.000 turistas nuevos a nuestro país en 2012 directamente por esa película. Buñol abrió España al subcontinente indio sin proponérselo.
Pero antes de que vuele el primer tomate, Buñol tiene una prueba pendiente.
El miércoles
El palo jabón
A las diez de la mañana, cuando el sol ya aprieta y la plaza lleva horas llena, aparece el palo jabón: un poste de madera de seis metros completamente untado en jabón. En lo alto, un jamón. Quien consiga trepar hasta él y desprenderlo, se lo lleva. Y da la señal para que empiece la batalla.
Decenas de personas intentan trepar. Resbalan, caen, vuelven a intentarlo. La multitud corea: ¡Agua, agua! Los balcones lanzan cubos para aliviar el calor y añadir caos al intento. Nadie lo consigue fácilmente. Cuando alguien lo logra, Buñol entero lo sabe.
Y entonces empieza la espera.
La calma tensa
Las once menos cuarto. La Plaza del Pueblo ya no tiene huecos. 22.000 personas apretadas bajo el sol de agosto valenciano. El calor es físico, denso.
Las camisetas blancas forman una marea pálida que se mueve como un organismo único. Desde los balcones, los vecinos siguen lanzando cubos de agua. Sin ese agua, la espera sería insoportable.
Los cánticos empiezan a sonar. El inglés es el idioma mayoritario. Japoneses, australianos, alemanes, americanos. Buñol, que el resto del año tiene 9.000 habitantes, recibe en una mañana más turistas que muchas ciudades españolas en un mes entero.
Todos miran en la misma dirección. Nadie habla demasiado. El ambiente tiene esa tensión específica de los momentos justo antes de que algo irreversible ocurra.
El estallido
A las once en punto suena la primera carcasa. Un petardo de gran potencia, seco y rotundo, que retumba en la plaza. Y aparece el primer camión.
No hay tiempo de reaccionar. En segundos el aire se llena de rojo. El zumo entra en los ojos, en la boca, en los oídos. El suelo desaparece bajo un manto espeso de pulpa. Las calles se convierten en ríos que avanzan lentamente hacia las alcantarillas.
No hay bandos. No hay estrategia. Solo 22.000 personas y una hora para lanzar todo lo que llegue a las manos.
Las camisetas blancas pasan a rosa en los primeros dos minutos y a rojo intenso antes del cuarto de hora. El Ayuntamiento prohíbe expresamente arrancar la ropa a otros participantes, pero en medio del caos cada uno hace lo que puede. Los camiones avanzan despacio por las calles de San Luis, el Cid, la Plaza Layana y la Plaza del Pueblo. Las personas que durante dos años han abierto paso a los vehículos tienen el privilegio no escrito de subir a uno y lanzar desde arriba.
A las doce suena la segunda carcasa. Parada total. Como si alguien hubiera cortado el sonido de golpe.
El spa de Buñol
Lo que queda cuando para la batalla es difícil de describir sin haberlo visto.
Las calles convertidas en ríos de pulpa roja. Las fachadas sin plástico teñidas. El aire con ese olor específico a huerta ácida y verano que se queda pegado en la ropa durante días. Gafas de bucear abandonadas en el suelo. Alguna zapatilla suelta. Camisetas que ya no volverán a ser blancas.
Los equipos de limpieza entran con mangueras a presión. Y los vecinos sacan las suyas propias a la calle para limpiar a los participantes exhaustos. No están obligados. Lo hacen cada año. Es el último gesto de una hospitalidad que Buñol lleva 80 años practicando con extraños que llegan una vez al año a dejarle todo perdido.
El punto de encuentro tradicional para lavarse es el Charco de los Peñones. Otros buscan las fuentes del pueblo.
En dos horas las calles están impolutas: el ácido del tomate actúa como desinfectante natural y deja los adoquines relucientes, más limpios que antes de la batalla.
Los participantes se sientan donde pueden, empapados y agotados. Nadie habla demasiado. Hay algo en el silencio que sigue a una hora de caos absoluto que no tiene nombre preciso. Algo parecido a haber vaciado algo por dentro. Buñol lo sabe. Por eso abre sus calles cada agosto. Por eso sus vecinos sacan las mangueras sin que nadie se lo pida. Ochenta años después del primer tomate, el pueblo sigue siendo el anfitrión más generoso del mundo.
Datos útiles
Cuándo: miércoles 26 de agosto de 2026. Palo jabón: 10:00 h. Batalla: 11:00-12:00 h. Tomatina Infantil: sábado 22 de agosto (niños de 4 a 14 años, tomates más blandos, aforo controlado, monitores).
Dónde: Buñol, Valencia. Plaza del Pueblo y calles adyacentes (San Luis, el Cid, Plaza Layana).
Entradas: obligatorias desde 2013. Aforo: 22.000 personas. Precio entrada individual: 15€. Packs con accesorios y taquilla desde 25€. Se agotan con meses de antelación. Compra solo en latomatina.info o originaltomatina.com.
Cómo llegar: tren Cercanías C3 Valencia-Sant Isidre, parada Buñol. El día de la fiesta hay trenes especiales desde Valencia. En coche: A-3 dirección Madrid, salida 322 hacia VP-3031/Buñol. A 38 km de Valencia. Acceso en coche al casco urbano cerrado desde las 7:00 h.
Alojamiento: prácticamente inexistente en Buñol. La mayoría se aloja en Valencia y va en tren el día de la batalla. Reservar con meses de antelación.
Qué llevar: ropa vieja que no vuelvas a usar. Camiseta blanca (la tradición). Gafas de bucear (imprescindibles: el ácido del tomate irrita gravemente los ojos). Calzado cerrado que no se salga. Sin botellas ni objetos duros. Sin mochilas grandes ni cámaras rígidas. Si llevas móvil, funda impermeable imprescindible. El pueblo no dispone de consigna oficial: deja lo que no quieras perder en el alojamiento.
Si no consigues entrada: el Museo de la Tomatina, en el edificio histórico del Molino Galán junto a la Oficina de Turismo, permite vivir la batalla cualquier día del año. Sala inmersiva de 270 grados, realidad aumentada y realidad virtual. Consultar horarios: +34 653 672 174.
Consejo práctico: llega antes de las 7:00 h si quieres posición en la plaza. La noche anterior es "la empalma": fiesta en la calle hasta el amanecer con chiringuitos del Ayuntamiento.
Programa de fiestas pendiente de emisión, próximamente
Créditos fotográficos:
Foto: "La Tomatina 2006, Buñol" por Graham McLellan. Licencia CC BY 2.0.
Foto: "La Tomatina, Buñol 2010" por Flydime. Licencia CC BY-SA 2.0.
Foto camión: "La Tomatina, Buñol 2010" por Flydime. Licencia CC BY-SA 2.0.
Foto: "Preparación del palo jabón, La Tomatina" por puuikibeach. Licencia CC BY 2.0.
Foto baño de tomate: "La Tomatina, Buñol 2010" por Flydime. Licencia CC BY-SA 2.0.