Gastronomía de Galicia
Galicia se come mirando en dos direcciones a la vez: hacia el mar y hacia dentro. De un lado, la ría que regala marisco como en pocos sitios del mundo; del otro, una tierra verde de minifundio, lluvia y niebla donde la huerta, el cerdo y la castaña sostuvieron a la gente durante siglos. La cocina gallega es esa conversación entre la costa y la montaña, y casi siempre la gana el producto: aquí se cocina poco porque no hace falta cocinar mucho.
El año, además, se mide en fiestas que se comen. Por Entroido sale el lacón con grelos y se fríen las filloas. En noviembre, alrededor de San Martiño, se encienden los magostos y huele a castaña asada. El segundo domingo de agosto, O Carballiño entero hierve pulpo. En verano, Cambados se llena de albariño. Y a cualquier romería que vaya uno, allí estará la empanada, esperando en su trapo.
Debajo de casi todo late el mismo gesto humilde: el refrito o allada, ese chorro de ajo dorado y pimentón en aceite caliente que se vierte chisporroteando sobre el pescado, sobre las patatas, sobre los grelos. Y por debajo de eso, dos cosas que no faltan nunca: el cachelo, la patata cocida que acompaña medio recetario, y el pan, ese pan gallego de corteza gruesa con el que se reboña hasta el último jugo. No hay salsa madre que valga: la gramática de esta mesa es la materia prima bien tratada y el fuego justo.
Esto es lo que se come en Galicia, plato a plato, contado desde dentro.
Platos
- Pulpo á feira. El plato bandera, y una hermosa paradoja: la capital del pulpo no está en la costa, sino tierra adentro, en O Carballiño, a casi cien kilómetros del mar. La explicación se remonta a la Edad Media y al poderosísimo monasterio cisterciense de Santa María a Real de Oseira —el llamado Escorial gallego—, cuyos dominios llegaban hasta la ría de Marín. Los tributos de aquellas tierras se pagaban en pulpo seco, fácil de conservar y de transportar; los monjes, desbordados de tanto cefalópodo, lo repartían entre los feligreses, que aprendieron a limpiarlo, mazarlo y cocerlo. De ahí salieron las pulpeiras de Arcos, casi siempre mujeres, que llevaban su pota a las ferias comarcales. Por eso es á feira: porque nació en el mercado, no en la lonja. Se cuece en olla de cobre, se corta con tijera sobre un plato de madera y se viste solo con tres cosas: sal gruesa, pimentón (dulce y picante) y un buen chorro de aceite. Y conviene saberlo para no quedar como un foráneo: el polbo á feira va así, desnudo; cuando se le añaden cachelos debajo, ya es pulpo a la gallega. Desde 1962, O Carballiño le dedica una fiesta el segundo domingo de agosto que reúne a decenas de miles de personas. Hay quien, desde León, reclama la autoría del aliño para los arrieros maragatos que subían el pimentón por la Ruta de la Plata; los gallegos lo escuchan con una sonrisa y siguen cortando.
- Empanada galega. No es un plato, es una institución portátil. Una masa fina —de pan, de maíz, a veces de hojaldre— que envuelve un relleno y se cierra para llevársela a donde haga falta: a la feria, a la romería, a la siega, a la playa. Y dentro cabe el país entero: zamburiñas, bonito, xoubas (sardinillas), bacalao con pasas, raxo, zorza, berberechos, congrio, hasta lamprea o pulpo. La clave está en el sofrito de cebolla y pimentón que empapa la masa por dentro, esa capa jugosa que distingue una empanada de verdad de un sucedáneo seco. Cada casa guarda su masa como un secreto y cada comarca jura que la suya es la buena.
- Lacón con grelos. El plato gordo del invierno y, sobre todo, del Entroido. El lacón —el brazuelo del cerdo, curado— se desala y se cuece despacio junto a los grelos (las hojas tiernas del nabo, que la primera helada vuelve más dulces), el chorizo, los cachelos y, si la casa es seria, un poco de unto, esa grasa de cerdo curada y ahumada que perfuma el caldo como ninguna otra cosa. De la misma familia es el cocido galego, su versión de gran fiesta, con más carnes y más boca alrededor de la mesa. Comida de fuerza, de las que se hacen cuando aprieta el frío y sobra la mañana.
- Caldo galego. El plato de cada día, el que reconforta y sostiene. Agua, cachelos, fabas, el verde de la temporada —grelos, nabizas o berzas— y, mandando por debajo, el unto. A veces un trozo de lacón o de chorizo le da fondo, pero su grandeza está en lo poco que necesita. Es la cuchara que ha levantado a Galicia durante generaciones, la que esperaba al que volvía mojado del campo. Sabe mejor al día siguiente, como todo lo honrado.
- O marisco. Aquí Galicia juega en otra liga. La ría es una despensa fría y viva de la que salen centola, nécora, santiaguiño, navallas, berberechos, ameixas, ostras de Arcade y, colgando de las bateas, el mexillón con su sello propio. Capítulo aparte merecen los percebes: se arrancan a mano de las rocas batidas de la Costa da Morte, y los percebeiros se juegan literalmente la vida entre golpes de mar para traer ese sabor que es puro Atlántico concentrado. Cuando llega octubre, O Grove celebra su Festa do Marisco y la villa entera huele a hervido y a salitre. El secreto gallego con el marisco es no tener secreto: agua de mar, su punto justo y nada más.
- Vieiras. La concha de la vieira es el emblema del Camino: el peregrino la cosía a su zurrón como prueba de haber llegado a Compostela, y de ahí saltó a media heráldica de Europa. En el plato, la vieira se gratina sobre su propia concha con un sofrito largo de cebolla, un poco de pan rallado y un chorrito de vino o de brandy. Pocas cosas resumen mejor a Galicia que comerse un símbolo.
- Pimientos de Padrón. La ruleta rusa de las tapas, resumida en el dicho que todo el mundo repite: "uns pican e outros non". Son pimientos pequeños y verdes, recogidos tiernos, que se fríen enteros en aceite bien caliente y se rematan con sal gruesa. La mayoría son dulces y suaves; de cuando en cuando, uno arde y obliga a beber. Los amparados por la denominación son los de Herbón, la parroquia de Padrón donde unos frailes franciscanos introdujeron la semilla traída de América. Tapa de verano por excelencia, de las que piden otra ronda.
- Raxo e zorza. El cerdo en adobo, alma de la cocina gallega de diario. El raxo es el lomo cortado en tacos y macerado con ajo, pimentón y orégano; la zorza, esa misma carne picada y adobada, la mezcla que iba destinada a rellenar los chorizos y que se queda, sin embargo, friéndose en la sartén con unas patatas. Tapa de bar, ración de domingo, comida de matanza. Sencilla y adictiva.
- Androlla e botelo. El embutido de las montañas del este, de Os Ancares, O Courel y A Fonsagrada, donde el invierno manda de verdad. Se hacen embutiendo costilla y huesos de cerdo adobados en una tripa gruesa, se curan al humo de la lareira y se cuecen durante horas, hasta que la carne se desprende sola, acompañados de cachelos y grelos. Es plato de Entroido, contundente y de montaña, de los que piden un tinto con cuerpo y una buena chimenea.
- Sardiñas á brasa. El sabor del verano gallego. Cuando llega San Xoán (la noche del 23 de junio), Galicia entera enciende hogueras en playas y plazas y asa sardinas a la brasa hasta que la piel se dora y chisporrotea. Las pequeñas, las xoubas, son las más codiciadas. Se comen con los dedos, sobre una rebanada de pan que va empapando toda la grasa, con cachelos al lado y poco más. Plato de calle y de fiesta, humilde y multitudinario: huele a brasa, a mar y a verbena.
- Pescada á galega. El pescado de mesa de toda la vida: merluza —o maragota, o raya— cocida con sus cachelos y bañada con la allada, ese refrito de ajo y pimentón en aceite caliente que se vierte por encima en el último momento y lo cambia todo. La misma idea, hecha guiso de a bordo, es la caldeirada de los marineros, con el pescado que no iba a la venta. Cocina de puerto, sin artificio.
Postres
Tarta de Santiago. La reina de la repostería gallega, con IGP desde 2006. Almendra molida, azúcar y huevo a partes generosas, sin una pizca de harina en el bizcocho, perfumada con limón y canela. Su rastro escrito llega lejos: ya se cita una torta real en 1577, en una visita a la Universidad de Santiago, y la primera receta fiable aparece en 1838. La célebre cruz de Santiago dibujada con azúcar glas, en cambio, es más joven y tiene autor: la ideó José Mora Soto, fundador de la compostelana Casa Mora, en 1924, espolvoreando el azúcar sobre una plantilla. Detalle que sorprende a todo el mundo: en Galicia no hay almendros; la almendra se importaba desde el Levante ya en la Edad Media. El peregrino la compra y se la lleva a casa como quien lleva una postal comestible del Camino.
Requeixo con mel. El requesón fresco y tierno regado con un hilo de miel de Galicia. Nada más, y nada menos: cuando la leche es de verdad y la miel sabe a castaño o a brezo, sobra cualquier otra cosa. Es el broche pastoril, el dulce que cierra una comida sin pesar, herencia directa de los días en que la casa hacía su propio queso.
Castañas con leche. El postre de cuchara del otoño, de cuando la castaña era el pan de Galicia. Se cuecen peladas en leche con canela, azúcar y un toque de anís, y se sirven calientes: el sabor terroso del fruto contra el dulzor del lácteo, en la misma cuchara. Sabe a tarde de lareira y a Magosto, a la Galicia anterior a la patata. Humilde y hondo, de los que reconfortan una noche fría sin pedir nada a cambio.
Dulces
Filloas. Las crepes gallegas, finísimas, protagonistas del Entroido. La masa se hace con leche, huevo y harina, y la versión más brava, la filloa de sangre, se liga con sangre de cerdo de la matanza. Se cuajan en el ferro o sobre una piedra caliente untada con un trozo de tocino, y se comen enrolladas con azúcar, miel o crema. Hay quien las cuenta por docenas: en Carnaval, nunca son suficientes.
Bica. El bizcocho de las montañas de Ourense —Trives, A Gudiña, Castro Caldelas—, denso y jugoso, cargado de mantequilla o nata y huevos, con una costra de azúcar crujiente por arriba. No es un bizcocho ligero ni pretende serlo: es repostería de tierra fría, de las que se hacían para aguantar el invierno y reciben con un café a quien llega de fuera.
Melindres de Melide. El dulce de Melide, el cruce de caminos por excelencia, donde se juntan el Camino Francés y el Primitivo. Pequeños, glaseados, con su baño blanco de azúcar, comparten obrador con los amendoados y los ricos de la villa. Parada dulce obligatoria para el peregrino y capricho de quien pasa.
Orellas e flores de Entroido. La fritura del Carnaval. Las orellas, masa estirada finísima y frita hasta quedar quebradiza, espolvoreada de azúcar; las flores, hechas con un molde de hierro que se sumerge en la masa y luego en el aceite, para sacar esa forma de estrella. Suenan al morderlas y duran en la lata lo que tardan en encontrarlas.
Larpeira. El bollo goloso de las Rías Altas, un pan dulce y esponjoso empapado en almíbar, coronado de crema pastelera y azúcar, que se hornea sobre todo por Pascua. El nombre lo dice todo: en gallego, larpeiro es el que no se resiste a lo dulce. Imposible comer solo un trozo.
Bebidas
Queimada
- Albariño e os viños das Rías Baixas. El blanco atlántico que conquistó el mundo. La uva albariño da en las Rías Baixas vinos frescos, aromáticos y con un punto salino que parece traer la ría dentro; se cría en parras altas sobre postes de granito, para que la humedad no pudra el fruto. Su capital es Cambados, que cada primer fin de semana de agosto celebra la Festa do Albariño. Con un buen marisco al lado, no hay maridaje más redondo en toda España.
- Os viños do interior e a Ribeira Sacra. Galicia es un mosaico de cinco denominaciones de vino, y una brilla aparte por puro vértigo. En la Ribeira Sacra, la viña trepa en socalcos —bancales de piedra— por las laderas imposibles de los cañones del Sil y el Miño, una viticultura tan heroica que la vendimia baja en barca; los romanos ya plantaban aquí, y de esas pendientes sale una mencía que ha vuelto a ponerse de moda. Alrededor giran el Ribeiro, el vino viejo del Camino que se bebía en cunca de loza blanca; el Valdeorras, que rescató la gran uva godello; y el Monterrei, en la raya con Portugal. Una constelación pequeña y orgullosa.
- A augardente e a queimada. Del bagazo de la uva destilan los gallegos la augardente —el orujo, la caña—, amparada por su propia indicación. Con ella se hace la queimada: se prende el aguardiente con azúcar, granos de café, cáscara de limón y trozos de manzana, y arde con esa llama azul mientras alguien recita el conxuro contra las meigas. Conviene la honestidad, porque es de las cosas que todo el mundo cree milenarias: el famoso conjuro "Mouchos, coruxas, sapos e bruxas…" no es un rito celta ancestral, sino una creación moderna. Pero eso no le resta ni una chispa de magia: como se suele decir, meigas, haberlas, hainas.
- Licor café. El digestivo oscuro de la sobremesa gallega, hecho macerando café en aguardiente con azúcar, y primo del licor de herbas, verde y aromático. Se sirve fresquito al final de la comida, cuando ya nadie tiene prisa. Cierra la mesa como un punto y aparte.

La despensa de Galicia
Hay productos que rara vez protagonizan un plato y, aun así, lo sostienen todo por debajo. Cuatro nombres levantan la cocina gallega desde la sombra.
El cachelo. La patata cocida que va debajo de medio recetario: bajo el pulpo, en el caldo, junto al lacón, al lado del pescado. La Pataca de Galicia ampara ese tubérculo de carne firme y cremosa que llegó de América y la tierra húmeda adoptó como suyo. Nunca es la estrella y siempre está. La base invisible de la mesa.
La castaña. Antes de que la patata cruzara el océano, fue la castaña la que dio de comer a Galicia: harina, pan, sustento de invierno. Su IGP protege ese fruto de pericarpio brillante y sabor dulce, y cada noviembre, en los magostos, el país entero se reúne en torno a las brasas para asarla. Morder una castaña caliente es morder la Galicia de antes del azúcar.
El pan de Cea. No hay mesa gallega sin pan, y pocos como el de Cea, con su IGP propia: una pieza alargada, de corteza gruesa y miga densa, con esa hendidura en el lomo —la fenda— y cocida en hornos de piedra. Es el pan que reboña el caldo, que sujeta el embutido, que acompaña sin pedir protagonismo. El que aguanta entera la semana.
El queixo. Subido a los pastos verdes que la lluvia mantiene siempre frescos, nace uno de los grandes patrimonios lácteos de Europa. Las cuatro DOP —Tetilla, Arzúa-Ulloa, San Simón da Costa y Cebreiro— guardan sabores que van de lo mantecoso y suave a lo ahumado e intenso. La última frontera dulce de esta tierra, la que cierra la comida con un trozo y un poco de miel.
Cada uno de estos sabores nace al calor de una fiesta. Y en Galicia, las fiestas son muchas y huelen a brasa, a mar y a monte.
Denominaciones de Origen e Indicaciones Geográficas Protegidas
Galicia ampara su mar y su tierra con una ristra larga de sellos europeos.
- Entre las DO, las del vino, que en Galicia son cinco y cada una con su carácter: Rías Baixas, la del albariño atlántico; Ribeiro, el vino viejo del Camino; Ribeira Sacra, la de los socalcos imposibles; Valdeorras, la que rescató el godello; y Monterrei, en la raya con Portugal. Y como rúbrica, las indicaciones de las bebidas tradicionales: el Orujo (Augardente) de Galicia, la Augardente de Herbas, el Licor de Herbas y el Licor Café de Galicia.
- Dentro de las DOP brilla, casi en solitario en el apartado del mar, el Mexillón de Galicia, el de las bateas de la ría. En el campo, los cuatro grandes quesos: Queixo Tetilla, Arzúa-Ulloa, San Simón da Costa —ahumado con abedul— y el rarísimo Cebreiro, con forma de seta. Y el pimiento mandón, el Pemento de Herbón, que casi todos conocen como pimiento de Padrón.
- El desfile de IGP es largo: la Ternera Gallega y la Vaca e Boi de Galicia, el Lacón Gallego, el Capón de Vilalba, la Castaña de Galicia, la Pataca de Galicia, los Grelos de Galicia, la Faba de Lourenzá, la Mel de Galicia, el Pan de Cea, la Tarta de Santiago y los pimientos de Arnoia, Oímbra, Couto y Mougán.

¿Qué significan los sellos de calidad?
- DO (Denominación de Origen). Un sello que garantiza que el producto es especial por su origen: la tierra, el clima y el saber hacer local se unen para crear algo que no puede replicarse en otro lugar. La figura clásica del vino. Garantiza que la uva y la elaboración pertenecen a una zona delimitada, con sus variedades y su forma de hacer propias, todo bajo el control de un consejo regulador. En Galicia, las Rías Baixas del albariño o la Ribeira Sacra.
- DOP (Denominación de Origen Protegida). El vínculo es total. El producto se cultiva, se transforma y se elabora entero en su zona, y su calidad nace de ese lugar concreto: su tierra, su clima y sus manos. En Galicia, el Mexillón de Galicia o el Queixo Tetilla.
- IGP (Indicación Geográfica Protegida). El mismo arraigo con el territorio, con una exigencia más flexible: basta con que una de las fases del proceso ocurra allí. Aquí entran la Ternera Gallega o el Lacón Gallego.
Créditos fotográficos:
Caldo gallego. Autor: Juan Mejuto, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 2.0.
Centolla. Autor: UE (Flickr), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY 2.0.
Mejillones al vapor. Autor: Venta Aurelio (trabajo propio), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.
Pimientos de Padrón. Autor: Jessica Spengler (Flickr), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY 2.0.
Ración de sardinas asadas. Autor: Jazmin azul2 (trabajo propio), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.
Pescada á galega (merluza a la gallega). Autor: Javier Lastras (Flickr), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY 2.0.
Tarta de Santiago. Autor: Katrina Gilger, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 2.0.
Castañas con leche. Autor: Breogan2008 (trabajo propio), vía Wikimedia Commons. Licencia CC0 1.0. Modificada.
Filloas rellenas de compota de manzana. Autor: Zordor / Rodrigo Fernández (Flickr), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY 2.0. Modificada.
Bica gallega. Autor: Rubén García (trabajo propio), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0.
Melindres con su tradicional glaseado. Autor: Iscream icecream (trabajo propio), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.
Tarta larpeira. Autor: Pbelay (trabajo propio), vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0.<
Queimada. Autor: Rapomon, vía Wikimedia Commons. Dominio público.