Gastronomía murciana
Hay tres Murcias, y las tres se comen. La de la huerta, esa vega verde del Segura que surte de verdura a media España. La del mar, con los arroces de pescador del Mar Menor y los salazones de Cartagena. Y la de arriba, el altiplano seco de Jumilla y Yecla, donde la monastrell aguanta el calor y da vinos que ya no se esconden de nadie.
Es una cocina que casi nadie cuenta bien. La despachan como "verduritas y sol", y es mucho más: el zarangollo humilde, el pastel de carne de hojaldre, la anchoa clavada en una rosquilla a la hora del vermú. Una tierra que fríe hojas de limonero y las llama postre, y que inventó un café con brandy para calentar las madrugadas del puerto.
Esto es lo que se come en Murcia, plato a plato, contado desde dentro.
Platos
Zarangollo.
El plato que resume la huerta murciana en una sartén. Calabacín y cebolla pochados despacio, muy despacio, hasta que se deshacen, y ahí se cuaja un huevo por encima. Nada más. A veces una patata, a veces una hoja de hierbabuena. Es de esas recetas de tres ingredientes que solo salen bien si tienes buen calabacín y paciencia, y en Murcia tienen las dos cosas. Se come templado, de tapa o de cena ligera cuando aprieta el verano.
Michirones.
El invierno murciano huele a esto. Habas secas puestas a remojo la víspera y luego guisadas horas con hueso de jamón, un trozo de chorizo, laurel, pimentón y una guindilla que avisa. Salen espesas, contundentes, con ese caldo corto que pide pan y más pan. Es tapa de bar de toda la vida: se piden en cazuelita de barro, con su palillo, y no hay peña ni tasca murciana que no las tenga.
Pastel de carne murciano.
Cuidado, que este no es un pastel cualquiera. Es una torre de hojaldre crujiente, redonda, rellena de carne picada de ternera, huevo cocido, chorizo y a veces un poco de sesos, con una tapa de masa quebrada debajo y hojaldre soplado arriba. Se hornea en las pastelerías y tahonas de la ciudad y se come caliente, de pie, como almuerzo de media mañana. Es puro Murcia capital, y quien lo prueba una vez lo busca siempre.
Marineras y bicicletas.
El aperitivo más murciano que existe, y el que más despista al de fuera. Una rosquilla de pan (una "rosca") con un copete de ensaladilla rusa encima. Si le clavas una anchoa, es una marinera. Si la dejas sin anchoa, es una bicicleta. Y si le pones un boquerón en vinagre, una marinera de blanco. Se piden por docenas en las barras, con una caña o un vermut, y contarlas mal a la hora de pagar es deporte local. No lo verás en ningún folleto, pero es el alma de la tapa murciana.
Caldero del Mar Menor.
El gran arroz de esta tierra, y uno de los más honestos de la costa española. Nació en las barcas de los pescadores del Mar Menor y de Cabo de Palos, que cocían el pescado de roca menos vendible —mújol, dorada, gallineta— en un caldero de hierro, hacían con ese caldo y las ñoras un fondo rojo y profundo, y en él cocían el arroz. Se sirve en dos vuelcos: primero el arroz, meloso y teñido de ñora, y después el pescado aparte con un all i oli que corta la respiración. Comer un buen caldero frente a la laguna es de las cosas grandes que da el sureste.
Ensalada murciana (el moje).
La nevera de agosto hecha plato. Tomate de pera de conserva, atún, cebolla, huevo cocido, aceitunas negras y un buen chorro de aceite. Se moja pan en el jugo —de ahí lo de "moje"— y se acompaña de casi todo. Sencilla, fresca, de tomate potente: la prueba de que aquí la huerta manda incluso cuando hace demasiado calor para encender el fuego.
Cordero segureño del Noroeste.
Subiendo a la sierra, hacia Moratalla, Caravaca o Calasparra, la cosa cambia y el plato se hace de monte. El cordero de raza segureña, criado en esas cumbres, se asa entero o se guisa lento con vino y hierbas, y es el centro de la mesa en cualquier fiesta grande del interior. Carne rosada, tierna, con la grasa justa: la Murcia de secano que poca gente asocia con esta comunidad.
Postres
- Pan de Calatrava. El postre de cuchara de Murcia, el de las comidas de domingo y las celebraciones. Es primo del flan y del pudin, pero con historia propia: pan del día anterior (o bizcocho) empapado en leche con canela y limón, cubierto de una crema de huevo y azúcar, cuajado al baño maría sobre una capa de caramelo. Sale una tarta temblorosa, dorada, que se desmolda al plato y se come a cucharadas. Nació del aprovechamiento —del pan que no se tiraba— y acabó siendo el dulce de las fiestas. Esa es la cocina murciana en una frase: humilde de origen, generosa de resultado.
Dulces
- Paparajotes. El dulce que más ríos de tinta merece y que casi nadie de fuera entiende a la primera. Se coge una hoja tierna de limonero, se reboza en una masa de harina, huevo, leche y ralladura, se fríe y se espolvorea con azúcar y canela. ¿Y la hoja? La hoja no se come: se sujeta por el rabito, se muerde la masa dorada que la envuelve —que sabe a limón sin llevar limón— y la hoja se deja en el plato. Gastarle la broma al turista para que se coma la hoja entera es tradición murciana casi tan seria como el propio dulce. Nacieron en la huerta, al pie de los limoneros, y no se hacen igual en ningún otro sitio.
- Cordiales y tortas de Pascua. Cuando llega la Navidad, Murcia se llena de cordiales: unos dulces de almendra, cabello de ángel y azúcar, envueltos en oblea y horneados hasta que se doran por fuera y quedan jugosos por dentro. Son de mazapán rústico, de convento y de casa. Y por Semana Santa llegan las tortas de Pascua y los rollos de vino y de naranja, que perfuman las cocinas de medio pueblo.
Bebidas
Los vinos de la monastrell. Aquí el vino tiene nombre de uva: monastrell, morada, de piel gruesa, hecha para el sol y la sed del altiplano. La DO Jumilla, nacida en 1966, es la más conocida: tintos con cuerpo, cada vez más finos, que han pasado de graneles a medalla internacional. A su lado, la DO Yecla, de viñedo viejo y bodegas familiares, y la DO Bullas, más de altura y frescura, con vides que trepan hasta cerca de los mil metros. Tres denominaciones en una comunidad pequeña, todas girando alrededor de la misma uva tozuda.
El café asiático de Cartagena. El invento más cartagenero que existe. En un vaso pequeño y con forma propia se monta, por capas, café, leche condensada, coñac, Licor 43, unos granos de café, canela y una corteza de limón. Se sirve caliente y se toma despacio, de sobremesa o de madrugada en el puerto. Cada bar de Cartagena tiene su punto y su vaso, y pedir un "asiático" es una de esas cosas que solo se aprenden viviendo la ciudad.
Licor 43. Pocos lo saben, pero este licor dulce y dorado, de vainilla y cítricos, nació en Cartagena a mediados del siglo pasado y se sigue elaborando en Murcia. Es la base del asiático y el digestivo de muchas casas. Un producto murciano que se bebe en medio mundo sin que medio mundo sepa de dónde es.
Denominaciones de Origen e Indicaciones Geográficas Protegidas
- DOP Arroz de Calasparra — uno de los primeros arroces del mundo con Denominación de Origen. Se cultiva en el Noroeste, en montaña y agua fría del Segura y el Mundo, y es un grano que absorbe caldo como pocos: por eso rinde tanto en el caldero y en los arroces murcianos.
- DOP Pimentón de Murcia — molido del pimiento de la variedad "bola", recogido bien rojo y secado. Dulce, penetrante, de un color rojo intenso y gran poder colorante: el que tiñe los embutidos y los guisos de toda la región.
- DOP Queso de Murcia — de leche de cabra murciano-granadina, en su versión fresca (blanca, láctica) y curada (firme, con carácter).
- DOP Queso de Murcia al Vino — el famoso "queso al vino": su corteza se lava con vino tinto de la tierra, lo que le da ese color granate y ese punto que lo hace inconfundible.
- DOP Pera de Jumilla — variedad ercolini, pequeña y dulce, madurada al sol del altiplano.
- DO Jumilla · DO Yecla · DO Bullas — las tres denominaciones de vino de la región, todas con la monastrell como bandera.
- IGP Vino de la Tierra Campo de Cartagena — los vinos del sur, entre el Mar Menor y la sierra.
- IGP Cordero Segureño — indicación compartida con provincias vecinas, cuyo corazón murciano late en el Noroeste (Moratalla, Caravaca, Bullas, Cehegín, Calasparra), donde esta raza de sierra se cría desde tiempo inmemorial.

La despensa de Murcia
Detrás de cada plato hay una despensa que no siempre sale en la foto. En Murcia, esa despensa huele a pimiento seco, a azahar y a sal de mar.
La ñora. El pimiento redondo y seco que da color y fondo a media cocina murciana. No se come sola casi nunca, pero está en el caldero, en las salsas, en el pimentón que viene de su prima la "bola". Es el sabor de fondo de esta tierra, el que no se ve pero se nota en todo.
El limón de la huerta. Murcia es uno de los grandes vergeles de limón de Europa, y el árbol está por todas partes: en los bancales, en los patios, al borde de los caminos. De sus hojas salen los paparajotes; de su fruta, el aliño de casi todo. Un cítrico tan cotidiano aquí que se friega hasta con sus hojas.
Los salazones del Mar Menor. Hueva de mújol prensada y curada, mojama de atún, bonito en salazón. Es la despensa del mar antes de las neveras: pescado conservado con la sal de las salinas de San Pedro, que se come en lascas finas con un hilo de aceite. Aperitivo de otra época que sigue vivo en las mesas de la costa.
El chato murciano. Una raza de cerdo autóctona, casi perdida y recuperada a tiempo, que da una carne y una grasa infiltrada de las buenas. Está detrás de los mejores embutidos y de esa matanza que sazona los michirones y los guisos de invierno.

¿Qué significan los sellos de calidad?
Denominación de Origen (DO). El sello clásico del vino. Garantiza que la uva nace en una zona delimitada y que el vino se elabora y se cría allí, con sus variedades y su forma de hacer reconocidas y controladas. Cuando lees una DO en una etiqueta, sabes que ese vino sabe al sitio del que viene y no a otro.
Denominación de Origen Protegida (DOP). El vínculo más estrecho con la tierra. Todo —la materia prima, la elaboración y la transformación— ocurre en la zona que da nombre al producto, y su calidad nace de ese lugar concreto: su suelo, su clima y sus manos. Es el sello europeo que ampara a los grandes quesos, mieles y aceites de origen, y en el mundo del vino equivale a lo que la etiqueta llama DO. Cuando algo lleva DOP, fuera de su sitio sencillamente no existe igual.
Indicación Geográfica Protegida (IGP). El mismo arraigo con el territorio, con una exigencia algo más flexible: basta con que una de las fases —la producción, la elaboración o la transformación— suceda en la zona protegida para ligar el producto a su tierra. Es el sello de muchos embutidos, carnes y dulces que deben su carácter a un saber hacer local concreto, aunque algún ingrediente venga de fuera.
¿La diferencia, en una frase? La DOP exige que todo pase en el lugar; la IGP, que lo esencial pase allí. Y en el vino, la DO marca el origen. Distintos nombres para una sola promesa: la del sitio de verdad.
Créditos fotográficos:
«Zarangollo», Begoña Martínez — CC BY-SA 2.0 vía Wikimedia Commons.
«Michirones», Avicentegil — CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons.
«Pastel de carne murciano», Tamorlan — CC BY 3.0 vía Wikimedia Commons.
«Marinera, aperitivo típico de la Región de Murcia», Luis Millán — CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons.
«Arroz caldero con mújol», Javier Lastras — CC BY 2.0 vía Wikimedia Commons.
«Pan de Calatrava», Tamorlan — CC BY 3.0 vía Wikimedia Commons. Modificada.
«Paparajotes from Murcia by Grandma», SHM — CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons.
«Asiático servido en un bar en Cartagena», P4K1T0 — CC0 1.0 (dominio público) vía Wikimedia Commons. Modificada.