La Fiesta del Asturcón

Hay un caballo que nació libre en estas montañas mucho antes de que existiera la palabra «Asturias», y que estuvo a punto de borrarse del mapa mientras casi nadie miraba. La Fiesta del Asturcón celebra que sigue aquí. Cada penúltimo sábado de agosto —en 2026, el sábado 22— la Majada de Espineres, en plena Sierra del Sueve (Piloña), se llena de ganaderos, gaitas y potros recién bajados del monte para lo que todo el mundo ha venido a ver: el marcaje y la doma de los asturcones nacidos ese año.
Subir al Sueve es entrar en otro tiempo
Se sube por una sola pista. Arranca en el Alto de La Llama, deja atrás la aldea de Libardón y trepa entre las brañas de La Raíz y Sames hasta el collado, donde la sierra se abre de golpe. Con suerte, antes de llegar verás cruzar un grupo de gamos que se pierde ladera abajo. Y entonces aparece la majada: un puñado de cabañas de piedra restauradas, los prados altos y, al fondo, el perfil del Pienzu, el techo de la sierra, coronado por su gran cruz de hierro de dieciséis metros, que se divisa desde medio concejo y vigila un mar mucho más cercano de lo que imaginas. Huele a tojo, a humo de cabaña y a caballo. Los asturcones pastan sueltos, negros como el azabache, con esas crines largas que el viento del Cantábrico les revuelve sin descanso. Comparten estas laderas con el mayor tejedal de Europa, un bosque de tejos milenarios escondido en la cara norte del Sueve. Llevan aquí, caballos y árboles, desde mucho antes de que llegáramos nosotros.
La reunión que salvó una raza
En 1979 quedaban poquísimos. La cifra que se repite —apenas unas decenas de ejemplares puros en todo el Sueve— pone los pelos de punta cuando caes en la cuenta de que este animal acompañaba a los astures ya antes de los romanos. Aquel verano, veinte ganaderos de los pueblos que subían su ganado a la sierra se juntaron en esta misma Majada de Espineres. La excusa fue una comida de hermandad. El motivo de verdad era más serio: decidir qué hacer para que el asturcón no se apagara del todo. De allí salió la Asociación Conservadora del Asturcón del Sueve (ACAS) y la semilla de una fiesta. Se repitió al verano siguiente y, en 1981, la Fiesta del Asturcón echó a andar oficialmente en esta campa. La de 2026 será su 46ª edición.
Y funcionó. Lo que olía a despedida acabó siendo un regreso: hoy el asturcón vuelve a contarse por miles, criado en pureza gracias al empeño de los ganaderos y de la asociación de criadores que velan por la raza. Desde 2019, además, la cita es Fiesta de Interés Turístico Nacional, un sello que el Boletín Oficial del Estado le concedió aquel verano y que la subió de categoría por todo lo que significa.
El caballo de los astures
El asturcón es pequeño —rara vez levanta mucho más de un metro y veinte a la cruz—, y conviene no fiarse de esa primera impresión. Está considerado uno de los ponis más antiguos de Europa, primo de toda esa familia de caballos menudos del Arco Atlántico: el Pottok vasco, el Garrano portugués, los Shetland, Exmoor y Dartmoor de las islas británicas. Los autores latinos ya se fijaron en él. Plinio el Viejo, en su Naturalis Historia, describió su manera de andar, porque el asturcón no trota como los demás: tiene un paso propio, la ambladura, en el que adelanta a la vez las dos patas del mismo lado. Un vaivén tan suave que volvía locos de gusto a los jinetes romanos y, siglos más tarde, a media Europa. En el siglo XV se llevaron asturcones a Irlanda, donde se cree que dieron origen a un caballo hoy desaparecido, el Irish Hobby. En el XIX tiraban de pequeños carruajes por las calles de París. Aquí, mientras tanto, jamás bajaron del monte.

Lo que el monte le enseñó
Vivir en libertad lo ha hecho distinto a cualquier caballo de cuadra. Cuando aparece el lobo —su enemigo de siempre—, la manada se cierra como un puño. Los adultos forman una piña apretada, lo que aquí llaman el corru, con los potros a buen recaudo en el centro. Es una coreografía de supervivencia que llevan tatuada generación tras generación.
Los partos cuentan algo parecido. Tras once meses de gestación, la yegua a punto de parir se aparta del grupo, busca un rincón resguardado y da a luz de noche, en cuestión de minutos. Nace a oscuras y deprisa por una razón muy concreta: que ningún depredador se entere.
Y el lobo, ojo, no es asunto del pasado. En algunos concejos todavía se lleva hasta siete de cada diez potros del año. Por eso, cuando en mitad de la fiesta los ganaderos paran los actos para pedir a las administraciones más ayuda frente al depredador, esa pausa cuenta más que cualquier pregón: en ello les va la continuidad de sus manadas, y la de la raza entera.
El día grande: cuando baja el monte
La víspera, el viernes por la noche, la majada ya respira fiesta: hay quien sube a acampar y a tomar algo en el bar de campaña, bajo un cielo sin una sola farola que les estropee las estrellas.
El sábado madruga. Los niños pintan asturcones en el concurso de dibujo, las parejas de caballos se baten en el concurso de arrastre —tiran de un peso dando vueltas a un circuito, a ver quién mete más en cinco minutos—, y a media mañana se oficia la misa de campaña en plena pradera, muchas veces con la gaita poniendo el contrapunto. Después llegan el pregón, los galardones Asturcón de Oro —que reconocen a quienes se dejan la piel por la raza y por la fiesta— y la comida de hermandad, con quesos asturianos como el Gamonéu y el Cabrales, fabada y tonada cantada al aire libre.
Pero todos aguardan lo mismo. Ya por la tarde llega el plato fuerte: el marcaje, la monta y la doma de los potros nacidos ese año, el instante en que los asturcones criados libres en el Sueve se encuentran por primera vez con la mano del hombre. Hoy cada potro queda inscrito en el libro genealógico de la raza, con su chip y su cartilla equina, bajo el control de la asociación de criadores: ese registro es lo que garantiza que el asturcón siga siendo asturcón.
Lo que ves arriba es el manejo paciente del ganadero y el primer contacto del potro con la cuerda, más de maña que de fuerza. En ese cara a cara se juega que la raza siga adelante un año más. No hay folleto que lo cuente bien: esto hay que vivirlo arriba.
Datos útiles
- Cuándo: el penúltimo sábado de agosto. En 2026, el sábado 22 (la víspera, viernes 21, ya hay ambiente y acampada en la majada).
- Dónde: Majada de Espineres, Sierra del Sueve, concejo de Piloña (Asturias), a 840 m de altitud.
- Cómo llegar: se sube por una única pista de montaña desde el Alto de La Llama (entre Colunga e Infiesto, pasada la aldea de Libardón). El aparcamiento es limitado y solo está permitido en las zonas señalizadas (Mesorios, La Raíz, Sames): conviene subir pronto. También puede hacerse a pie por la pista, en una buena caminata de montaña. Si prefieres no meter el coche por la pista de tierra, consulta las opciones de acceso de cada año en el programa oficial.
- La bajada: el descenso de vehículos no suele permitirse hasta media tarde (en torno a las 15:00 h), para no cruzarse con la romería.
- Qué llevar: calzado de monte, y agua y comida de sobra; hay bar de campaña, pero arriba no hay tiendas ni fuentes garantizadas para tanta gente. Aunque abajo luzca el sol, sube abrigo o chubasquero: a 840 m el tiempo cambia rápido y la niebla aparece sin avisar.
- Respeto al monte: es un paisaje protegido. No se enciende fuego, no se atan los caballos a las espineras y se recoge toda la basura. Los asturcones son salvajes: se miran y se admiran.
- Horarios y programa: cambian cada año. Para las horas exactas de cada acto, el pregón y los galardones, consulta el programa oficial que publicaremos en esta página, en la de ACAS y en la del Ayuntamiento de Piloña antes de subir.
Programa próximamente
Créditos fotográficos:
Foto: "Asturcón en libertad". Dominio público (CC0).
Foto: "Asturcón o poni asturiano" por Ramón de Llanera. Bajo licencia CC BY-SA 2.0.
Foto: "El Sueve desde el mirador de El Fitu, Asturias" por Mario Modesto. Bajo licencia CC BY-SA 3.0.
Foto: "Intento de doma de un asturcón" por Ricardo Yagüe. Bajo licencia CC BY-SA 4.0.