Gastronomía del País Vasco
Hay cocinas que se entienden mejor en plural. En el País Vasco casi nunca se come solo: se come en cuadrilla. El día empieza con el poteo, esa procesión de barra en barra en la que cada uno paga su ronda y nadie se sienta, txikito de vino o zurito de cerveza en mano. Sigue, si toca, en el txoko o en la sociedad gastronómica, esos clubes con cocina propia donde durante generaciones los socios se metían a guisar entre ellos. Y en invierno acaba en la sidrería, de pie junto a la barrica, esperando el grito de ¡txotx! que abre el chorro fino de sidra. Aquí la mesa es un verbo colectivo.
Debajo de casi todo late lo mismo: las salsas madre. La salsa verde, de perejil, ajo y un golpe de txakoli, que viste la merluza y las kokotxas. La vizcaína, roja y profunda, hecha de pimiento seco y cebolla a fuego manso —y, contra lo que medio mundo repite, sin una gota de tomate—. El pil-pil, esa brujería de ligar la gelatina del propio bacalao con aceite y ajo hasta que emulsiona. Y el guiso en su tinta, negro como la noche. Esa es la gramática secreta de esta cocina.
Y por encima de todo, una constante: la barra, ese mostrador que al caer la tarde se cubre de pintxos como un bodegón. La bandera comestible de esta tierra, donde el mar y el monte se reparten el plato sin pedirse permiso.
Esto es lo que se come en el País Vasco, plato a plato, contado desde dentro.
Platos
Marmitako. El guiso que nació a bordo. Lo cocinaban los pescadores del bonito en la marmita —de ahí el nombre— mientras faenaban en el Cantábrico, con lo que tenían: el propio bonito en tacos, patata, cebolla, pimiento. La patata se chasca, se rompe a tirones en vez de cortarse limpia, para que suelte el almidón y engorde el caldo. Es cocina de barco vuelta plato de casa, y tiene su norma sagrada: el bonito se echa al final y se apaga el fuego, porque un minuto de más lo seca. Sabe a verano, que es cuando sube el bonito.
Bacalao al pil-pil. El plato que mejor resume el ingenio vizcaíno. Cuatro cosas: bacalao, aceite, ajo y guindilla. Ningún espesante. La salsa se liga moviendo la cazuela en vaivén, en círculos pacientes, hasta que la gelatina que suelta la piel del bacalao se casa con el aceite y nace una crema amarilla y temblorosa. El nombre es el sonido: el pil-pil-pil del aceite chisporroteando a fuego suave. Hace falta muñeca, y los viejos del lugar aún discuten si se liga mejor con un colador, con la propia cazuela o moviendo el codo. El bacalao, por cierto, no es casualidad: los balleneros y bacaladeros vascos llevaban siglos yendo a por él a Terranova, y el pueblo aprendió a venerar un pescado que llegaba en sal.
Bacalao a la vizcaína. El otro gran bacalao, el de salsa roja. Aquí no hay emulsión sino una salsa densa y oscura, de cebolla rehogada muy despacio y la pulpa de un pimiento seco que tiñe y perfuma sin picar. Repito lo de la entradilla porque importa: la vizcaína no lleva tomate, por mucho que se vea por ahí. Quien la hace de verdad la saca casi negra, brillante, y deja que el bacalao se empape de ella. Sobre cuál de los dos bacalaos es mejor no hay acuerdo posible, y más vale no preguntarlo en una sobremesa.
Merluza en salsa verde. La reina blanca de la mesa vasca. Lomos de merluza —si es merluza de pintxo, de anzuelo, mejor— sobre un fondo de aceite, ajo y muchísimo perejil, ligado con su jugo y aligerado con un poco de caldo o txakoli. Cuando lleva almejas, kokotxas y guisantes se llama a la koskera, y entonces ya es plato de fiesta. Lo difícil es lo de siempre: que la salsa ligue sin harina y la merluza quede en su punto jugoso, ese punto en que la lasca se separa sola pero todavía brilla.
Kokotxas. El bocado que separa al iniciado del turista. Son las cocochas, la barbilla del bacalao o de la merluza, una pieza pequeña, gelatinosa y resbaladiza que parece poca cosa y es un lujo. Se hacen al pil-pil o en salsa verde, y su gracia está en la textura: se deshacen en la boca con una untuosidad que no se parece a nada. Antes eran comida de pescador, lo que no se vendía. Hoy se pagan a precio de joya.
Txipirones en su tinta. El plato negro. Calamares pequeños —txipirones— guisados en una salsa hecha con su propia tinta, oscura, brillante, marina hasta el escándalo. A menudo se rellenan con sus propias patas picadas y se napan con esa salsa de color carbón que mancha los labios y la conversación. Se acompaña de arroz blanco, que hace de lienzo. Verlo por primera vez impresiona; probarlo, convierte.
Txangurro a la donostiarra. El centollo desmigado y devuelto a su caparazón. Se cuece el txangurro, se separa la carne, se rehoga con un sofrito fino, su coral y un chorrito de brandy, se rellena el caparazón y se gratina. Es la cocina de San Sebastián en estado puro: un marisco humilde de las rocas elevado a categoría de gran plato. Se le suele atribuir a un cocinero donostiarra de principios del siglo XX, y desde entonces no ha faltado en las buenas mesas de la ciudad.
Txuleta al asador. La liturgia de la brasa. Una txuleta enorme, de hueso, que en el País Vasco no suele ser de ternera tierna sino de vaca vieja, lechera retirada, con su grasa amarilla y su sabor profundo —eso que muchos llaman "buey" y casi nunca lo es—. Se asa sobre brasa de encina a fuego fuerte, vuelta y vuelta, costra tostada fuera y corazón rojo dentro, y se sala después, en la mesa, con escama gorda. La carne del país tiene su sello propio, la IGP Euskal Okela. Y el asador, su templo, sobre todo en el entorno de Tolosa, donde la parrilla es casi una religión.
Pintxos. No es un plato: es una forma de vivir la barra. En la Parte Vieja de Donostia, en el Casco Viejo de Bilbao, los mostradores se cubren de pequeñas obras de ingeniería que se comen de un par de bocados. El padre de todos es la Gilda, una banderilla de guindilla, anchoa y aceituna que en los años cuarenta bautizaron así en honor a la película de Rita Hayworth, porque era "verde, salada y un poco picante". Hoy conviven el pintxo clásico de tortilla o de pimientos de Gernika fritos con el pintxo de autor que parece de laboratorio. La regla no escrita: uno, su bebida, y a la barra siguiente.
Talo. El "pan de los pobres", hoy capricho de feria. Una torta fina de harina de maíz, sin levadura, cocida en la plancha o sobre la chapa, que se dobla caliente alrededor de una txistorra o un trozo de chorizo. Era el pan de caserío antes de que llegara el trigo a todas las casas. Quien lo busque, que se pase por la feria de Santo Tomás, el 21 de diciembre, cuando Bilbao y Donostia huelen a talo y a brasa.
Postres
Intxaursaltsa. La crema de Nochebuena. Intxaur es nuez en euskera, y eso es esto: nueces molidas cocidas muy despacio con leche, azúcar y canela hasta una crema espesa, oscura y reconfortante. Es el postre de Gabon, el de la noche del 24, el que las abuelas removían durante una hora larga para que no se agarrara. Se come tibio, a cucharadas, y sabe a invierno y a casa.
Mamia. La cuajada de toda la vida, hecha con leche de la misma oveja latxa que puebla estos montes. Se cuaja con cuajo natural, tradicionalmente en un kaiku, el recipiente de madera donde antaño se calentaba la leche con piedras al rojo, lo que le dejaba un punto ahumado. Se sirve fría, con un hilo de miel o un poco de azúcar por encima. Sencillez de pastor, de esas que cuando la leche es buena no necesitan nada más.
Goxua. El postre de Vitoria-Gasteiz, y un pequeño truco de arquitecto. Se monta por capas en el vaso: nata montada abajo, bizcocho emborrachado en almíbar en medio, crema pastelera encima y, para coronar, una costra de azúcar quemado. Goxua quiere decir "dulce" o "rico" en euskera, y el nombre no engaña. Nació en una pastelería gasteiztarra en los años setenta y se ha quedado como la firma dulce de la capital alavesa.
Dulces
Pantxineta. El hojaldre caliente de Gipuzkoa. Dos láminas de hojaldre crujiente que abrazan una crema pastelera templada, rematadas con almendra laminada y azúcar. Se sirve recién hecha, tibia, para que el contraste entre el hojaldre y la crema fundente dé en el centro de la diana. La firma una vieja casa donostiarra de principios del siglo XX, y desde entonces no ha cambiado ni falta que le hace.
Carolinas. El dulce más kitsch y más querido de Bilbao. Sobre una base fina de hojaldre se levanta un pico altísimo de merengue, coronado de hilos de yema y chocolate de colores. Es de comer imposible y de mirar irresistible: mancha los dedos, la cara y la dignidad. Un clásico de pastelería bilbaína que se regala tanto como se come.
Canutillos de Bilbao. Tubos de masa fina y frita, dorados y crujientes, rellenos de crema pastelera y espolvoreados de azúcar. De los de morder y que cruja, de los de merienda de domingo. Pequeños, discretos y absolutamente adictivos.
Tejas y cigarrillos de Tolosa. Las pastas finísimas de almendra que hicieron famosa a Tolosa. Las tejas, curvadas como su nombre indica; los cigarrillos, enrollados como un canuto. Crujen como el cristal y se deshacen en la boca. Caben en una lata bonita y aguantan, lo que las hizo durante décadas el souvenir comestible de medio País Vasco.
Tarta de queso de La Viña. El fenómeno que conquistó el planeta sin moverse de un bar. En La Viña, en la calle 31 de Agosto de la Parte Vieja donostiarra, Santiago Rivera se puso a finales de los ochenta a hacer pruebas en sus días libres, y de una de ellas salió esto: una tarta de queso sin base, cuajada a horno fuerte, tostada y casi quemada por fuera, temblorosa y cremosa por dentro. Nunca escondió la receta —solo cinco ingredientes—, y aun así nadie la clava como allí. Internet hizo el resto: hoy se imita de Nueva York a Tokio bajo el nombre de basque burnt cheesecake. Rivera se ha jubilado hace nada, dejando la casa —y la tarta— en manos de la siguiente generación. La original sigue saliendo del mismo horno, en porciones, sobre su papel.
Bollo de mantequilla. El dulce de desayuno de Bilbao. Un bollo tierno, esponjoso, abierto y relleno de una crema de mantequilla dulce. De los de mojar en el café con leche de media mañana. Humilde y bilbaíno hasta la médula.
Bebidas
- Txakoli. El vino que se sirve cayendo. Blanco, joven, ácido y con una aguja de gas que pide servirlo escanciado desde lo alto, dejando que se despeine contra el vaso para que despierte. Se hace sobre todo con la uva Hondarrabi Zuri, en viñedos muchas veces colgados de cara al mar. Tiene tres denominaciones de origen propias —Getariako Txakolina, Bizkaiko Txakolina y Arabako Txakolina—, una por territorio. Frío, con unas anchoas o unos pimientos, no hay aperitivo más vasco.
- Sidra (sagardoa). Más que una bebida, una temporada y un rito. En las sidrerías de Gipuzkoa, sobre todo alrededor de Astigarraga, de enero a abril se vive el txotx: alguien grita la palabra, se abre la espita de una kupela (la enorme barrica), y todos acuden por turnos a llenar el vaso con un chorro fino que rompe la sidra y la airea. Se bebe de pie, entre bocado y bocado del menú clásico —tortilla de bacalao, chuleta, queso con membrillo y nueces—. La sidra vasca, seca y con su punto agreste, está en proceso de blindar su nombre como Euskal Sagardoa, una propuesta de denominación de origen que sería transfronteriza (compartida con el País Vasco francés); de momento es eso, una propuesta en marcha, no un sello cerrado.
- Rioja Alavesa. El secreto mejor guardado del mapa vasco. La parte alavesa de la Rioja —en torno a Laguardia, Elciego, Oyón— está dentro del País Vasco y produce algunos de los grandes tintos de Tempranillo de España, bajo la única categoría máxima del vino español: la DOCa, que en toda España solo comparten Rioja y el Priorat catalán. Pueblos amurallados, bodegas firmadas por arquitectos de renombre y viñedos a los pies de la sierra de Cantabria. Que media España no sepa que esto es Euskadi no le quita ni un grado.
- Kalimotxo. La aportación vasca a la fiesta universal. La mezcla de vino tinto y cola ya existía antes, pero el nombre —y con él la leyenda— nació en Getxo el 12 de agosto de 1972, en las fiestas de San Nicolás del Puerto Viejo de Algorta. La cuadrilla "Antzarrak", que organizaba los festejos, se encontró con 2.000 litros de vino picado y, para no tirarlos, los rebajó a partes iguales con cola. Faltaba bautizar el invento: lo sacaron de los apodos de dos colegas de la cuadrilla, y de ahí salió kalimotxo. El resto es historia de verbena.
- Patxaran. El licor de las sobremesas, endrinas maceradas en anís que tiñen el aguardiente de rojo y lo perfuman. Se bebe en todo el País Vasco como digestivo, frío, al final de la comida. Eso sí, por honestidad: la indicación geográfica que lo ampara es navarra (Pacharán Navarro), no vasca. Aquí se disfruta, pero el sello tiene su casa al otro lado de la muga.

La despensa del País Vasco
Hay productos que rara vez protagonizan un plato y, aun así, lo sostienen todo por debajo. Cuatro nombres levantan la cocina vasca desde la sombra.
El Idiazabal. El queso que huele a montaña. Se hace con leche cruda de oveja latxa y carranzana, esas ovejas pequeñas y resistentes que pastan en altura, y su DOP ampara una zona que abarca el País Vasco y parte de Navarra (salvo el valle del Roncal, que tiene queso propio). Su versión más famosa es la ahumada, y ese humo no fue un capricho de chef: nació en las cabañas de los pastores, donde la rueda de queso se curaba colgada cerca del fuego y se impregnaba sin querer. Background y estrella a la vez: ralla un plato, cierra una comida, marida un txakoli.
La sal de Añana. El tesoro blanco de Álava, y el más invisible de todos. En el Valle Salado de Añana, a media hora de Vitoria, brota de manantiales un agua siete veces más salada que el mar, recuerdo de un océano evaporado hace 200 millones de años. Sobre miles de eras de madera y piedra, el sol y el viento la convierten en sal desde hace más de 7.000 años: es la salina en activo más antigua del mundo. Su flor de sal la persiguen los mejores cocineros —Berasategui la ha llamado "el Rolls-Royce de las sales"—. No protagoniza ningún plato. Está en todos.
El pimiento choricero. El alma roja de esta cocina. Es el pimiento que se seca colgado en ristras en las fachadas y cuya pulpa da color, dulzor y fondo a la salsa vizcaína, a infinidad de guisos y a media despensa del norte. Nunca sale a escena, pero sin él la vizcaína sería otra cosa —y, desde luego, no sería roja—. El secreto callado detrás del sabor.
La anchoa del Cantábrico. El bocado salado que lo cambia todo. Pescada en primavera y madurada en sal durante meses en los puertos vascos —Ondarroa, Bermeo, Getaria—, la anchoa en semiconserva es pura concentración de mar. Es la que, pinchada con una guindilla y una aceituna, se convirtió en Gilda; la que corona una tosta y la eleva de golpe. Trabajo lento y artesano para un bocado que dura un segundo.
Cada uno de estos sabores nace al calor de una fiesta. Y en el País Vasco, las fiestas son muchas y se viven con todo.
Denominaciones de Origen e Indicaciones Geográficas Protegidas
El País Vasco protege su despensa con un puñado de sellos europeos, pocos pero de mucho peso.
Entre las DOP brilla, sobre todo, el queso Idiazabal, de oveja latxa y carranzana.
Entre las IGP, la carne de vacuno Euskal Okela y el Gernikako Piperra / Pimiento de Gernika, ese pimiento verde, fino y dulzón que se fríe entero.
En la copa mandan las DO del vino: las tres del txakoli —Getariako Txakolina, Bizkaiko Txakolina y Arabako Txakolina—, una por territorio; y el Cava, que también se elabora en Álava. Y por encima de todas, la DOCa Rioja, la categoría máxima del vino español, que entra en el País Vasco por la Rioja Alavesa: una distinción que en toda España solo comparten Rioja y el Priorat catalán.

¿Qué significan los sellos de calidad?
DOP (Denominación de Origen Protegida)
El vínculo es total. El producto se cultiva, se transforma y se elabora entero en su zona, y su calidad nace de ese lugar concreto: su tierra, su clima y sus manos. En el País Vasco, el queso Idiazabal.
IGP (Indicación Geográfica Protegida)
El mismo arraigo con el territorio, con una exigencia más flexible: basta con que una de las fases del proceso ocurra allí. Aquí entran el Gernikako Piperra / Pimiento de Gernika o la carne Euskal Okela.
DO (Denominación de Origen)
El sello del vino. Garantiza que la uva nace en una zona delimitada y que el vino se elabora y se cría allí, con sus variedades de uva y su manera de hacer reconocidas y controladas. En el País Vasco, las DO del txakoli: Getariako Txakolina, Bizkaiko Txakolina y Arabako Txakolina.
DOCa (Denominación de Origen Calificada)
El escalón más alto del vino, reservado a las zonas que llevan años demostrando una calidad excepcional y sostenida. En toda España solo lo tienen dos: la Rioja y el Priorat. Al País Vasco llega por la Rioja Alavesa.
Créditos fotográficos:
Bacalao al pil-pil: jlastras, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
Bacalao a la Vizcaína: Tamorlan, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons. Modificada.
Merluza en salsa verde: Zarateman, CC0 1.0 (dominio público), vía Wikimedia Commons. Modificada.
Kokotxas al pil-pil: Boca Dorada, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons. Modificada.
Txipirones en su tinta: Boca Dorada, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
Txuleta: Gaztarrotz, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Intxaursaltsa: Valdavia, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Mamia: Juan Mejuto, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons
Pantxineta: Gaztarrotz, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Carolina de Bilbao: Líquenes accidentales, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Tejas y cigarrillos de Tolosa: Casa Eceiza, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons
Endrinas: Infopildoras, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Patxarán: Ardo Beltz, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons