
Comienza la experiencia
Son las 11:59 del 6 de julio en la Plaza Consistorial de Pamplona. La multitud aprieta, el calor pega, el blanco y el rojo lo cubren todo. Nadie habla. Todos miran el balcón del Ayuntamiento. Entonces alguien saca el cohete, y Pamplona deja de ser una ciudad para convertirse en algo que no tiene nombre en ningún idioma.
Bienvenidos a San Fermín.
San Fermín fue, según la tradición, un joven pamplonés del siglo III convertido al cristianismo que viajó a Francia, fue ordenado obispo de Amiens y allí murió mártir. Su culto llegó a Pamplona en el siglo XII y con él arrancó una devoción que, siglos después, se convertiría en la fiesta más universal de España.
Las fiestas de San Fermín se celebran en Pamplona del 6 al 14 de julio de cada año. Nueve días declarados Fiesta de Interés Turístico Internacional en los que la capital navarra recibe más de un millón de visitantes de todo el mundo. El chupinazo del 6 a mediodía abre las fiestas y el Pobre de mí de la madrugada del 15 las cierra. Entre medias, ocho encierros, procesiones, gigantes, fuegos artificiales, conciertos, corridas de toros y una energía que no se apaga en ningún momento del día ni de la noche.
Pero San Fermín no se entiende desde fuera. Se entiende desde dentro.

100 años de Hemingway y San Fermín
En 1923, un periodista americano de 24 años llegó a Pamplona por primera vez siguiendo el consejo de la escritora Gertrude Stein. Se llamaba Ernest Hemingway y volvió en 1924, en 1925 y así hasta nueve veces a lo largo de su vida, la última en 1959, dos años antes de morir. Lo que vio en esos veranos lo convirtió en la novela Fiesta (The Sun Also Rises), publicada en octubre de 1926. En 2026 se cumplen exactamente 100 años de ese libro que cambió para siempre la historia de San Fermín.
Antes de Hemingway, los Sanfermines eran una fiesta navarra. Después, fueron una fiesta del mundo.
Sus huellas siguen en Pamplona y son rastreables hoy. El Café Iruña, en la Plaza del Castillo, donde se sentaba a escribir y a beber sus primeros txikitos de la mañana. El Hotel La Perla, en la misma plaza, donde se alojó y donde hoy existe una suite con su nombre y sus objetos personales. La estatua de bronce frente a la plaza de toros, donde cada 6 de julio los pamploneses le ponen un pañuelo rojo al cuello antes del chupinazo. Y la plaza de toros, donde vio por primera vez a los toreros que luego inmortalizó en sus páginas.
Hemingway no inventó San Fermín. Pero fue el primero en contárselo al mundo.
El Encierrillo
Hay un momento en San Fermín que casi nadie conoce y que ocurre cada noche del 6 al 7 de julio, unas horas antes del primer encierro.
A las 11 de la noche, cuando Pamplona todavía hierve, los seis toros y los seis mansos que correrán al día siguiente son trasladados en silencio desde los Corrales del Gas, en el barrio de la Rochapea, hasta los corrales de Santo Domingo, donde esperarán hasta el encierro del día siguiente. Sin público, sin ruido, sin cámaras. Solo los pastores, los animales y la oscuridad de las calles vacías.
Se llama el Encierrillo, y es el momento más íntimo y más olvidado de toda la fiesta. Mientras miles de personas duermen o siguen de verbena, los toros recorren por última vez las calles de Pamplona sin que casi nadie los vea. Al amanecer, esas mismas calles estarán llenas de corredores. Pero esa noche, son solo de ellos.
Las peñas y la escalera
San Fermín se celebra durante nueve días pero dura todo el año.
Las 16 peñas de Pamplona son el motor real de la fiesta. Además de grupos de amigos que se juntan en julio, son asociaciones con sede propia, estatutos, actividades durante los doce meses y una identidad tan marcada como la de cualquier club centenario. La más antigua, La Única, nació en 1903. Cada peña tiene su blusón, su charanga, su carácter y su historia. Conocer las peñas es entender por qué San Fermín existe más allá del encierro.
Y la prueba está en la escalera de San Fermín. Hay una canción popular navarra que dice: uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio… San Fermín. Las peñas la toman al pie de la letra: celebran una cena el primer día de cada mes, contando los meses que faltan para el 7 de julio. Seis cenas antes de la fiesta. Seis reuniones en las que el vino, la amistad y las ganas de que llegue julio mantienen viva la llama durante todo el año.
Y si hay un momento en que las peñas brillan con luz propia dentro de la propia fiesta, es en la entrada y salida de la plaza de toros. Antes de cada corrida, las peñas entran en tropel a los tendidos de sol con sus charangas, sus estandartes y una energía que electriza el ambiente. Y al terminar, salen de la misma manera. Es uno de los momentos más coloridos y genuinos de los Sanfermines, y también uno de los menos fotografiados por los turistas, que suelen estar mirando hacia el ruedo.
Quien entiende las peñas, entiende Pamplona. Y quien entiende Pamplona, entiende San Fermín.
La procesión del 7: el San Fermín que pocos ven
El 7 de julio es el día grande de San Fermín. No el 6, que es el chupinazo. El 7.
Por la mañana, cuando la ciudad lleva ya 24 horas sin dormir, Pamplona se detiene. La talla del santo patrón sale en procesión desde la iglesia de San Lorenzo recorriendo el casco antiguo entre dos filas de gigantes, cabezudos, autoridades, cofradías y miles de pamploneses que ese día no van de blanco y rojo sino de sus mejores galas. Es un momento de recogimiento absoluto en medio de la vorágine. Un silencio que contrasta con todo lo que ha pasado la noche anterior y con todo lo que pasará esa tarde.
El momento más emotivo tiene nombre propio: el Momentico. Es el instante en que los Gigantes se detienen y bailan al son de los txistus mientras las campanas de la catedral redoblan. Todo Pamplona lo sabe. Todo Pamplona lo espera. Y cuando llega, aunque lo hayas visto cien veces, se te pone la piel de gallina.
La procesión del 7 es el San Fermín que no sale en las fotos de las agencias internacionales. Es el que viven los que conocen la fiesta de verdad, los que saben que detrás del ruido y la pólvora hay una ciudad que lleva siglos celebrando a su patrón con una devoción tan genuina como el primer día.
San Fermín no es solo una fiesta. Es una forma de ser de Pamplona.
El idioma de San Fermín
San Fermín tiene su propio vocabulario. Aprenderlo no es un capricho: es la diferencia entre ver la fiesta desde fuera y vivirla desde dentro.
Chupinazo — El cohete que se lanza el 6 de julio a mediodía desde el balcón del Ayuntamiento. Nació en 1901 cuando dos amigos decidieron que las fiestas merecían un arranque a la altura. Desde entonces, no ha faltado ni un solo año.
Pañuelico — El pañuelo rojo que se anuda al cuello tras el chupinazo y que no se quita hasta el Pobre de mí del 14. No es un accesorio: es un pacto con la fiesta.
Dianas — Las melodías que toca la banda municipal cada mañana recorriendo las calles para despertar a Pamplona. Si las oyes desde la cama, ya es tarde para el encierro.
Kilikis — Las seis figuras más queridas y temidas de la Comparsa. Persiguen a los niños y les dan vergazos con una verga de goma. Los niños corren. Y vuelven a por más.
Momentico — El instante de la procesión del 7 en que los Gigantes bailan al son de los txistus mientras redoblan las campanas de la catedral. El más breve y el más emocionante.
Riau Riau — Acto no oficial en que el pueblo acompaña a la corporación municipal a la capilla de San Fermín cantando el Vals de Astráin. Una tradición que el Ayuntamiento lleva años intentando ordenar y el pueblo lleva años resistiéndose a que le ordenen.
Capotico — Intercesión de San Fermín para que un corredor salga ileso del encierro. Creyente o no, antes de entrar en la Cuesta de Santo Domingo, todo el mundo mira la hornacina.
Almuercico — El almuerzo popular del 6 de julio antes del chupinazo. Huevos fritos, tortilla, jamón, vino. En la calle, con la cuadrilla, con el ruido de la ciudad que ya no puede más de ganas.
Txistulari — El músico que toca el txistu, la flauta tradicional navarra. Sin él no hay procesión, sin él no hay Momentico, sin él San Fermín no suena igual.
¡Pobre de mí! — Las tres palabras más tristes de julio. Se cantan a medianoche del 14 en la Plaza del Ayuntamiento con el pañuelico en la mano. Nueve días que acaban siempre demasiado pronto.
Créditos fotográficos.
Foto: "Plaza del Ayuntamiento, segundos antes del chupinazo de San Fermín, Pamplona" por viajar24h.com. Disponible bajo licencia CC BY 2.0.
Foto: "Café Iruña, Pamplona" por juantiagues. Disponible bajo licencia CC BY-SA 2.0.
Foto: "Corrales de Santo Domingo, Pamplona" por Millars. Disponible bajo licencia CC BY-SA 4.0.
Foto: "Interior de la Plaza de Toros de Pamplona" por Ibanquel. Disponible bajo licencia CC BY-SA 4.0.
Foto: "Busto de San Fermín, Iglesia de San Lorenzo, Pamplona" por Lancastermerrin88. Disponible bajo licencia CC BY-SA 3.0.