Este es el día en el que un pueblo entero se tira al agua vestido.
La Fiesta del Charco se celebra cada 11 de septiembre en La Aldea de San Nicolás (Gran Canaria), dentro de las fiestas patronales de San Nicolás de Tolentino. A las cinco de la tarde, el alcalde lanza un volador y miles de personas se lanzan a una laguna costera a pescar lisas con las manos. En 2026 cae en viernes.

Las cinco de la tarde y una raya de cal

Están de pie, rodeando el agua, apretados hombro con hombro. Delante de sus zapatos hay una línea de cal que rodea la charca pintada en la arena, y esa línea es sagrada: nadie la pisa. Llevan así un buen rato, con el sol de septiembre pegando en la nuca, mirando el charco quieto como quien mira una tarta antes de que digan que sí.

Entonces el volador sube y estalla.

Lo que pasa en el segundo siguiente no se parece a nada. Miles de cuerpos entran al agua de golpe, vestidos —vestidos, con la ropa puesta—, y la laguna se convierte en un hervidero marrón de brazos, cestos, gritos y risas. Alguno saca una lisa a pulso y la levanta como un trofeo. La mayoría no saca nada y le da exactamente igual. Los de la orilla que habían venido "solo a mirar" ya están dentro, porque alguien los agarró por la muñeca y tiró. Aquí mirar de lejos no es una opción que el pueblo respete mucho.

Embarbascar: la palabra que lo explica todo

El nombre viejo de esta fiesta no es "el Charco". Es la embarbascá.

Embarbascar era la forma de pescar de los antiguos canarios: echaban al agua el látex del cardón o de la tabaiba —dos euforbias de aquí, dos plantas que sudan leche blanca— y los peces atrapados en los charcos de la costa se quedaban aturdidos, flotando, fáciles de coger con la mano. No hacía falta anzuelo ni red. Hacía falta conocer el sitio, la marea y la planta.

Esa técnica no es un adorno folclórico: se siguió usando en Gran Canaria hasta bien entrado el siglo XX. Lo que hoy ocurre el 11 de septiembre es el fósil vivo de aquel gesto. De ahí que en el charco estén prohibidas las redes y las cañas: se pesca a mano, con cesto o con gueldera, como se pescaba cuando esto era comer y no fiesta. Hay premio a la lisa más grande y al que más saca. Casi nadie va por el premio.

El obispo que se escandalizó (y perdió)

En 1766 —así lo fecha el Cabildo de Gran Canaria— el obispo Delgado y Venegas se plantó en La Aldea, vio lo que allí pasaba y le entró un sofoco de época. Escribió sobre el "desorden" de la embarbascada, sobre hombres y mujeres mezclándose en el agua medio desnudos, y amenazó con pena de excomunión.

Perdió. Ciento veinte años después, en 1887, el médico y etnógrafo Víctor Grau-Bassas se pasó por allí y dejó dibujos de la fiesta: la misma gente, el mismo jolgorio, las mismas lisas. La única huella que dejó aquel obispo fue una costumbre que hoy parece una excentricidad de postal y que en realidad es una penitencia heredada: al charco se entra vestido.

Los años en que el Charco se secó

Aquí llega la parte que ninguna guía te cuenta, porque no es bonita.

Entre 1956 y 1962 una sequía larguísima, sumada a la sobreexplotación del agua del subsuelo, dejó el humedal de La Marciega hecho un desierto. Las fotos de 1963 a 1966 son el retrato del fracaso: la gente bajaba igual a la playa, se comía su comida, cantaba… pero no había agua, y sin agua no hay pesca. La fiesta se quedó en cáscara.

Lo que hicieron entonces dice mucho de este pueblo. En 1969 construyeron una charca artificial en el margen derecho de la desembocadura —donde hoy está el Parque Rubén Díaz— y metieron peces traídos de otro sitio para poder seguir celebrándolo. Un charco de mentira para salvar una verdad. Y mientras tanto fueron replantando, cuidando, esperando. A principios de los noventa el ecosistema estaba recuperado; en los 2000, la masa vegetal ya se parecía a la de un siglo antes. Y entonces jubilaron la charca artificial y volvieron al sitio de siempre, la boca del barranco.

Desde entonces, a finales de agosto el charco se abre al mar, se deja unos días limpiándose solo y luego se acondiciona. Durante años, la señal de que la fiesta venía no era un cartel: era ver al tractor de Kiko trabajando allí abajo. "Ya está Kiko limpiando el Charco." Con eso bastaba. Kiko se jubiló; sus hijos siguen con la faena.

Y queda un detalle más, el que no verás en ningún folleto: el charco se siembra. En los días previos se pescan lisas en la costa y se sueltan dentro, unos cuantos kilos, para que el día 11 haya algo que buscar bajo el agua.

Suena a truco. No lo es, y conviene entender por qué. La embarbascada de verdad —el látex del cardón en el agua, los peces atontados, la pesca como forma de llenar el plato— se acabó hace un siglo largo. Lo que sobrevive es otra cosa, y es más grande: un pueblo que cada septiembre abre un canal con un tractor, vacía el agua vieja, la deja limpiarse con el mar, vuelve a cerrar y suelta los peces con sus propias manos, para poder seguir siendo, durante una tarde, el que era. Esta fiesta no se conserva sola. Se construye a pulso, entera, todos los años, desde cero.

Lo que casi nadie cuenta: el traje y la corbata

Si has visto fotos de esta fiesta, habrás visto lo mismo que ven los fotógrafos de agencia: señores tirándose al agua de traje y corbata, mujeres con ropa de misa y pañuelo a la cabeza. Es una imagen fabulosa. Y es, casi con seguridad, un malentendido.

Lo explica el propio cronista oficial del municipio, Francisco Suárez Moreno: el Ayuntamiento llevaba años pidiendo que la gente no se tirara en bañador, sino con ropa, "como se hacía antes". Alguien lo entendió a lo grande, se puso el traje de los domingos, salió en la tele… y otro lo copió al año siguiente. Hoy el propio Ayuntamiento recuerda en los programas que esa no es la tradición: al charco se entra con ropa normal, la de trabajar, la que da igual estropear.

O sea, que la estampa más famosa de la Fiesta del Charco es una tradición inventada de anteayer. Y aquí está lo bonito del asunto: nadie la persigue, nadie la prohíbe. Es un pueblo mirándose a sí mismo con humor. Pero conviene saberlo antes de plancharte una americana.

Por qué allí se dice "¡Feliz Año!"

Dentro del agua, con el barro hasta las cejas, los aldeanos se abrazan y se desean feliz año.

No es una broma. Para La Aldea, el 11 de septiembre es el día en que el pueblo vuelve a estar entero: los que emigraron, los que se fueron a la capital, los que trabajan fuera. Todos bajan. El año, aquí, no empieza en enero: empieza en el charco.

Y esa idea de "estar entero" tiene detrás una historia dura. La Aldea vivió tres siglos de Pleito: tres siglos de vecinos peleando en los tribunales por la tierra que trabajaban y no era suya, contra los marqueses primero y luego contra otros propietarios, entre ellos la familia Pérez Galdós. Aquello no se cerró hasta el Decreto-ley de 15 de marzo de 1927, cuando el Estado expropió la hacienda y vendió tierra y agua a unos cuatrocientos colonos. En el escudo del municipio hay una balanza y una fecha: 1927.

A eso súmale el aislamiento. Este pueblo estuvo incomunicado por tierra hasta 1955, cuando por fin se terminó la carretera desde Agaete. Un valle que durante siglos solo se alcanzaba por mar o a lomos de bestia. Con ese pasado a la espalda, meterse todos juntos en la misma agua y decirse "feliz año" deja de ser una curiosidad pintoresca y se entiende de otra manera.

No son un día, son tres

  • 9 de septiembre — Bajada de la Rama. Los aldeanos bajan desde el pueblo hacia la costa con ramas verdes, al son de las bandas. Un rito de raíz aborigen, de los de pedir agua al cielo.
  • 10 de septiembre — San Nicolás de Tolentino. El día del patrón: misa, procesión y la romería-ofrenda, con carretas, parrandas y la cosecha del valle puesta a los pies del santo.
  • 11 de septiembre — El Charco. Caminata hasta la playa, baile en el muelle, encuentro de parrandas, comida en el suelo… y a las cinco, el volador. Por la noche, las Galas del Charco, que nacieron en 1969 dentro de un proyecto comunitario para juntar dinero y arreglar la zona de baño. Se acaba de madrugada.

Datos útiles

  • Cuándo: 11 de septiembre (en 2026, viernes). El volador se lanza a las 17:00. La Rama es el 9 y la romería el 10. El programa completo lo publica el Ayuntamiento de La Aldea a finales de agosto.
  • Dónde: el Charco de La Aldea, en la desembocadura del barranco, junto a la playa. La laguna no llega al metro y medio de profundidad.
  • Cómo llegar: unos 65 km desde Las Palmas. Por la GC-200 desde Agaete, con el Andén Verde: una de las carreteras más espectaculares de Canarias y también de las más lentas; no la hagas con prisa. Los días grandes hay refuerzo de guaguas.
  • Cómo colocarse: llega temprano al perímetro si quieres estar en primera fila. Y respeta la raya de cal: nadie pisa el agua antes del volador. Es la norma que sostiene la fiesta entera.
  • Qué llevar: ropa que puedas destrozar (y con manga, que el sol de las cinco engaña), calzado cerrado que agarre en el canto rodado, muda seca, agua y crema. Nada en los bolsillos que no quieras ver hundido.
  • Ojo al mito: el traje y la corbata son opcionales y modernos. La tradición es la ropa de faena.
  • Alrededor: a un lado del charco está el yacimiento de Los Caserones; al otro, El Alambique —una vieja destilería de ron de caña— y la Cueva de El Roque, donde una misión mallorquina del siglo XIV levantó la ermita que le dio nombre a todo esto.

Créditos fotográficos:
"Foto 1: miguelange, vía Pixabay (Licencia de contenido de Pixabay)."
Retrato (2): «El cardenal Francisco Javier Delgado y Venegas», Francisco Bayeu (1776-1781). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Foto 3: «El Charco de La Aldea de San Nicolás», Esther Pérez Verdú — CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons.