Magosto
Lo primero que llega es el olor. Castaña asada y humo de leña que te alcanza cuando aún vas de camino, antes de ver nada. Levantas la vista y ahí están: las hogueras prendidas por el monte al caer la tarde, el humo subiendo entre los castaños ya sin hoja. Es primeros de noviembre, y el noroeste entero está de magosto.
No es fiesta de un pueblo ni de un solo día: es lo que se hace en toda esta esquina de la Península cuando la castaña cae del árbol y la vendimia acaba de dar el vino nuevo. En Galicia lo llaman magosto; en Asturias, amagüestu; en Cantabria, magosta. Detrás de las castañas y el fuego hay una fiesta mucho más vieja —y más honda— de lo que parece.

Cuando la castaña era pan
Antes de que la patata y el maíz llegaran de América, en el noroeste se comía castaña. Era el pan de esta tierra: se recogía en otoño, se secaba y se iba comiendo todo el invierno, cocida, asada o molida en harina. Un castaño daba de comer a una familia durante meses.
El magosto es la fiesta de esa recogida. El día en que las primeras castañas están para asar, se hace fuego y se prueban ahí mismo, en el monte, con el vino nuevo recién salido de la vendimia. Es el final de la cosecha y, a la vez, la primera lumbre contra el frío que viene. Por eso cae siempre en la misma raya del calendario: entre Todos los Santos y San Martiño, el 11 de noviembre. «Por San Martiño faise o magosto con castañas asadas e viño ou mosto», dice el refrán, y en Ourense lo cumplen al pie de la letra: allí San Martín es el patrón, y su magosto, de los más arraigados de Galicia, está declarado fiesta de interés turístico desde 2008.

El fuego, la ceniza y el vino
Es primeros de noviembre y ha entrado el primer frío de los que pelan. A media tarde ya está oscureciendo, y la gente baja a la plaza, a la era o al monte tapada hasta las orejas, las manos en los bolsillos. Lo primero es el fuego: unos van juntando leña y ramas secas, otros lo prenden y lo cuidan mientras arranca, y alrededor se va haciendo el corro, más apretado según sube la llama, porque es el único sitio donde se está caliente. Se habla, se ríe, pasa el porrón. Y se espera, porque el fuego no vale hasta que baja a brasa.
Mientras tanto, las castañas. A cada una hay que hacerle un corte con la navaja, un tajo en la piel, o revienta en el fuego y sale disparada. Es el trabajo de manos de la tarde, el que se hace hablando, con un montón de castañas rajadas creciendo a un lado. Cuando las brasas están, se echan al tixolo y empieza lo bueno: el chisporroteo, el humo que huele a otoño, la piel que se va tiznando y abriéndose sola. Se remueven para que no se quemen, y cuando están, se vuelcan calientes sobre un papel o directas a la mano.
Y ahí llega el momento. Pelar una castaña recién sacada del fuego es quemarse los dedos, soplarse las yemas, ir tirando de la piel a tiras con la uña mientras humea. Pero la primera, caliente, harinosa, con el frío mordiéndote la espalda y la cara colorada por la lumbre, sabe distinta a todas las que comerás el resto del año. Se acompaña con vino nuevo, áspero, y no hace falta nada más.
Luego llega el tiznado, el gesto que no falta. Cuando el fuego se apaga y la ceniza está templada, la gente mete la mano y se pinta la cara de negro unos a otros, a traición, entre risas. En el noroeste el tiznón se hacía para espantar el mal, y en Ourense aún lo dicen así: es para ahuyentar la mala suerte. Al final de la noche no queda una cara limpia. Hay quien salta la hoguera de un brinco, que dicen que da suerte para el año. Y hay quien, sin darle importancia, echa unas castañas al suelo junto a las brasas: son para los que ya no están.

Ni celta, ni de brujas: una fiesta de invierno
Casi todo lo que se escribe del magosto empieza igual: que si el Samaín, que si el año nuevo celta, que si un rito druida del fin del verano. Suena bien, pero es humo. Ese "calendario celta" que todo el mundo cita se lo inventaron eruditos de hace dos siglos, y no hay documento que ate el magosto a ningún druida. Lo que sí está documentado es más terrenal y, si se mira bien, más bonito: gente que había pasado el año trabajando el castaño celebraba que ya tenía comida para el invierno. La Iglesia, que no peleaba contra una costumbre tan de raíz, le puso encima a San Martín y en paz.
Pero que no sea de druidas no quiere decir que no tenga sombra. La tiene, y viene de la fecha. El magosto cae pegado a los días de difuntos, cuando se creía que los muertos rondaban cerca, y la fiesta guarda ese eco por debajo de las risas y el vino. El fuego que se enciende es también el que calienta a los que vuelven esa noche. Las castañas que se dejan junto a las brasas son para ellos. Y hasta el nombre lo dice a su manera: durante siglos la castaña fue el pan de esta tierra, y compartir el pan de los vivos con los muertos, una noche al año, es de las cosas más viejas que hace el ser humano.
El mismo fuego, cien pueblos
Donde creció el castaño, hay magosto. El interior de Galicia —Ourense y Lugo— es su corazón: allí la castaña llenó la despensa durante siglos y allí la fiesta pesa más. El magosto de Ourense es el más conocido de todos. Cae el 11 de noviembre, San Martiño, patrón de la ciudad, y ese día la urbe entera huele a castaña: hogueras en los barrios, en la Alameda, en los montes de alrededor. Por su arraigo está declarado fiesta de interés turístico de Galicia desde 2008. Y no tiene gran programa —es popular y espontánea—, que es justo su gracia.
Cruzando hacia el este, la misma escena cambia de acento. En Asturias es el amagüestu, y las castañas se riegan con sidra dulce, la que se aparta sin fermentar para estas fechas; se baila la Danza Prima y, al terminar, se echan las últimas al suelo con el «esto ye pa que xinten los difuntos». En Cantabria es la magosta, con pitu y tambor y canciones montañesas —ya la contaba Pereda en 1882—. En León baja hasta el Bierzo, tierra de castaña, donde en Cacabelos reparten cucuruchos calientes y bollo preñado. Sigue por Zamora, por las Hurdes cacereñas, y cruza a Portugal, que lo llama magusto. Hasta en Canarias, en sus Finaos, se asan castañas por los muertos.
Cien pueblos, cien nombres, el mismo humo subiendo la misma tarde de noviembre.

Cómo y cuándo vivir un magosto
Cuándo. El magosto no tiene un único día: se hace entre finales de octubre y San Martiño, el 11 de noviembre, con más fuerza en torno a Todos los Santos y ese día 11. Mientras quedan castañas maduras, hay magosto.
Dónde. Por todo el noroeste, pero el más multitudinario y fácil de vivir de fuera es el de Ourense capital el 11: hogueras por los barrios, la Alameda y los montes de alrededor. En el resto lo organizan concellos, asociaciones, colegios y cuadrillas, y en muchos pueblos se reparten castañas y vino gratis. Merece la pena mirar el programa local del año, porque cada sitio pone su día.
Qué esperar. Poco escenario y mucho corro: fuego, castaña y vino nuevo. Es fiesta popular y espontánea, y esa es su gracia; no vas a un espectáculo, te sumas a una hoguera.
El magosto es una de las muchas caras del mismo otoño de castañas, fuego y difuntos que recorre España. Lo contamos entero, del Samaín gallego a los Tosantos de Cádiz, en Halloween en España. Y en la misma raya del calendario, ahí al lado, está el Samaín de Cedeira, donde la calavera se talla en un melón.
Créditos fotográficos:
Foto 2: "Castañas magosto" por L.Miguel Bugallo Sánchez (Lmbuga). Dominio público. Modificada.
Foto 3 : "Tixolo con castañas" por Chuck es dios. Licencia CC BY-SA 4.0. Modificada.
Foto 4: "Castañas" por zentolos. Licencia CC BY-SA 2.0. Modificada.