La castanyada: castañas, panellets y moscatel para la noche de Tots Sants

Cae la tarde sobre una calle cualquiera de Cataluña a finales de octubre y, antes de ver nada, se huele: ese humo dulzón y algo quemado que solo suelta la castaña sobre las brasas. En la esquina está la castanyera —una parada pequeña, un fogó de brasas, una sartén de hierro agujereada para que la llama lama las castañas—, y las despacha calientes, contadas, en un cucurucho de papel de periódico, la paperina, que quema en la mano y hay que ir pasando de una palma a otra. Se pela con las uñas, se sopla, y el primer bocado llega harinoso y tibio, a medio camino entre el pan y el azúcar. Eso es la castanyada: la mesa catalana de Tots Sants, con castañas, panellets, moniatos asados y un trago de moscatell, montada justo cuando aprieta el frío y la luz se acorta. Una mesa que, si se rasca un poco, resulta que también se ponía para los que ya no están.

Cuando la fiesta empezó en el campanario

Nadie sabe del todo de dónde viene la castanyada, y las fuentes catalanas lo admiten sin rodeos. Lo que sí está documentado es que a finales del siglo XVIII la costumbre ya estaba extendida: se hacía en casa, después de la cena de la víspera del día de Difuntos, con panellets y vino dulce en la mesa, mientras se rezaba el rosario por los muertos de la familia y las castañas se tostaban en la lumbre. Aparece ya anotada en dietarios de la época, como el del Baró de Maldà en la Barcelona de principios del XIX.

Cuentan los cronistas que la costumbre nació ahí arriba, en el campanario. La víspera de Difuntos las campanas tocaban a muertos toda la noche, sin callar hasta que clareaba, para recordarle al pueblo que tocaba rezar por las ánimas. Y hacerlas sonar era faena de brazo: mover a pulso, hora tras hora, con el frío colándose por el hueco de la torre, las pesadas estructuras del campanario. Para aguantar, los campaneros subían lo que daba la temporada —castañas, moniatos asados, alguna botella de vino dulce— y las iban asando allí mismo. Pronto dejaron de estar solos: se les juntaba gente al calor de aquel rescoldo, y de esas cenas de campanario, repetidas noche de Difuntos tras noche de Difuntos, fue cuajando una costumbre que acabó teniendo nombre propio, la castanyada, y una figura que la resume, la castanyera.

Y había una creencia más, la que hacía que a las castañas les hincara el diente todo el mundo y no solo quien tiraba de la campana: se decía que por cada una que se comía esa noche, después del rosario, se libraba un alma del purgatorio.

Detrás del fruto hay una razón más vieja. Antes de que llegaran de América la patata y el maíz, la castaña era comida de fondo de despensa, la que hacía las veces de patata en muchos platos catalanes: cremas, guarniciones, el sustento del invierno. Cuando llegaba Tots Sants, el fruto del tiempo y la memoria de los muertos se juntaban en la misma mesa. De ahí el refrán que en Cataluña se sabe de memoria: «Per Tots Sants, castanyes i panellets».

Brasa en la esquina, almendra en la mesa

La castanyera es la cara de todo esto, y es un oficio de verdad, no un adorno de cartón. Una mujer —así ha cuajado la estampa: mayor, abrigada, con el mocador en la cabeza— plantada en la esquina desde que entra el frío, con su fogó: un fogón de barro con forma de copa y encima una sartén de hierro agujereada a propósito, para que la llama suba por los huecos y muerda la castaña. A cada una le hace un corte antes de echarla, que si no revienta en la brasa. Las remueve, se doran, sueltan ese humo que se huele antes de doblar la esquina, y salen a la paperina de una en una, tan calientes que calientan también las manos del que se las lleva. Fue durante los siglos XVIII y XIX un modo de ganarse el jornal al raso, aprovechando que la castaña es fruta de temporada; hoy quedan menos paradas, pero la figura sigue siendo la cara de la fiesta: la que dibujan los críos en el colegio.

En casa, la mesa se pone con lo mismo y un poco más. Al lado de las castañas va el moniato asado —dulce, blando, casi una golosina— y el plato que de verdad se trabaja con mimo: los panellets. Son pastas pequeñas de mazapán, almendra molida y azúcar ligadas con huevo, y las clásicas, las que todo el mundo busca, son las de piñones: bolas rebozadas hasta quedar erizadas y doradas al horno. Los hay también de coco, de almendra, de café, de yema. Y se riegan con un vaso corto de moscatell o de otro vino dulce —una mistela, una malvasía—, que es la bebida de la noche.

Y aquí va lo que discute media Cataluña cada otoño: el panellet de verdad no lleva ni patata ni boniato. Es el único dulce catalán con sello europeo —Especialidad Tradicional Garantizada—, y ese pliego prohíbe la fécula sin matices: solo almendra, azúcar y huevo. La patata o el boniato en la masa entraron para estirar el mazapán, porque la almendra es cara; hay quien jura que salen más esponjosos, pero para el purista eso ya deja de ser un panellet. La gracia es que lo sabe cualquiera que los haya amasado de pequeño en la escuela: allí, casi siempre, con boniato.

La calabaza que ya era de aquí

La castanyada se vive en buena parte de los Països Catalans, cada sitio con su acento: en el Principado, en el País Valencià —donde a la paperina de castañas la llaman mesura—, en las Baleares y en la Franja de Aragón. Donde más suena es en los pueblos de montaña castañera: hay fires de la castanya con solera en Viladrau y en Vilanova de Prades, y en Amer se convoca hasta un concurso de tostadores, a ver quién las saca mejor del fuego.

Y hay un detalle que hoy damos por prestado de otra fiesta y que aquí tiene raíz propia: la calabaza vaciada con una vela dentro. Se llamaba fer la por —hacer el miedo—, y está documentada en las comarcas del Ripollès y de Osona, y también en la Franja de Ponent. Se vaciaba una calabaza, o a veces un nap (un nabo), se le abrían a cuchillo los ojos, la nariz y una boca mellada, y se dejaba con una vela encendida por los márgenes de los caminos y dentro y fuera de las casas, en las noches cercanas a Tots Sants, para asustar al que pasara. La calabaza encendida ya rondaba estos pueblos mucho antes de que por aquí se hablara de Halloween.

Cómo y cuándo vivir la castanyada

La castanyada cae la noche del 31 de octubre, víspera de Tots Sants, y se alarga al 1 de noviembre; de un tiempo a esta parte se adelanta cada vez más a la vigilia, para que la noche cunda. No hace falta buscar un pueblo concreto: se vive en casa, alrededor de un plato de castañas y panellets, y se vive en la calle, en la parada de la castanyera que echa humo en la esquina. Si quieres el ambiente entero, súbete a la montaña castañera —a una fira de la castanya de Viladrau o de Vilanova de Prades—, o déjate caer por un ateneu, un centro cívico o la puerta de una escuela, que también las organizan.

Es la hermana catalana del magosto del noroeste: las mismas castañas al fuego y la misma memoria de los muertos en la mesa, contadas en otra lengua y con panellets en vez de vino nuevo. Y es la fiesta que hoy se disputa la noche con Halloween, aunque la calabaza encendida, por aquí, ya venía de antes.

Cuando llegue la tarde del 31, ya lo sabes: castañas, un panellet de piñones y un dedo de moscatell. Per Tots Sants, castanyes i panellets.

Créditos fotográficos:
Foto 3: "01 Panellets" por Judesba. Licencia CC BY-SA 4.0. Modificada.

Foto 4: "055 Font del Pla de la Boqueria i castanyera" por Enfo. Licencia CC BY-SA 3.0. Modificada.