Samaín de Cedeira

La noche en que Cedeira apaga las luces
Ocho y media de la tarde. Las carpas del paseo da Mariña llevan toda la tarde llenas de niños con las manos pringadas, y ahora la gente se agrupa al pie de la cuesta.
Entonces se apagan las luces del casco viejo.
Están apagadas a propósito. Por las calles empinadas de la vila vella arranca una fila de gente vestida de blanco, algunos con la cara tiznada, llevando calaveras talladas con una vela dentro. El recorrido tiene por toda iluminación esas velas, y las llevan unos pocos. El resto camina a oscuras.
Es el pasarrúas das pantasmas. El concello lo describe como un recorrido ruidoso y lleno de risas. Y una cuesta.
Hasta aquí, lo que verías si fueras. Ahora lo que casi nadie cuenta, y que un maestro de escuela de este pueblo lleva treinta años explicando sin que nadie le haga demasiado caso.
Lo que de verdad se hacía en las aldeas gallegas
Pregunta en Noia, en Catoira, en Muxía, en Sanxenxo, en Quiroga o en la propia Cedeira a cualquiera que pase de los cuarenta. Se acordará. Por Difuntos se cogían calabazas, se les tallaban caras feroces, se les ponían unos palitos a modo de dientes y se dejaban en los caminos para asustar al que pasara. Está recogido así en culturagalega.gal.
Se hacía con lo que daba la huerta, y por eso cambia de nombre según la comarca: calacús en las Rías Baixas, calabazotes en Ortigueira, colondros en Ourense, caliveras de melón en Cedeira, estantiguas en otros sitios. El diccionario de la Real Academia Galega define el calacú como una variedad de calabacera que da un fruto grande, redondeado y lleno de semillas, usado sobre todo para alimentar a los animales. Lo que se vaciaba y se tallaba era, literalmente, la calabaza de dar de comer a los cerdos. El Ayuntamiento de Cedeira sigue definiendo hoy su fiesta alrededor del tallado de las caliveras en la corteza de los melóns, y ese nombre es su emblema.
Vaciar la calabaza del ganado, meterle una luz dentro, colgarse las castañas del otoño al cuello. Dicho así suena a manualidad de colegio. Es lo mismo que hacen las velas del cementerio: avisar en la oscuridad de que alguien se acuerda.
Y no iba solo. Entre las costumbres gallegas del día de Difuntos está también dejar un hueco en la mesa o raciones de comida para los muertos, y hacer collares con las castañas nuevas. Esos collares se llaman zonchos, y siguen haciéndose en la carpa de Cedeira todos los años.
Quien reconstruyó todo esto fue Rafael López Loureiro, maestro de escuela en Cedeira. Comprobó que la costumbre había estado viva por toda Galicia hasta menos de treinta años antes de 2002, y que sobrevivía además en el norte de Cáceres —en la zona de las aldeas de habla gallega—, en zonas de Zamora y hasta en Madrid. Estudió su relación con el culto a los muertos y su parecido con las tradiciones de las islas británicas. Y encontró rarezas como la de Quiroga, donde la calabaza tallada se seca y se guarda para usarla de máscara en el Entroido. Publicó Caliveras de melón y, después, Samaín: a festa das caliveras (Ir Indo Edicións, 2003).
Aquí viene lo que ninguna de las mil piezas de prensa que salen cada octubre se atreve a poner en el titular.
El propio Loureiro dice que el Samaín gallego nunca existió. Lo llama una creación cultural. Sostiene que no hay ningún testimonio de un Samaín en Galicia más allá de la celebración en torno a la muerte, y que la fiesta propia de aquí siempre fue el día de Fieles Difuntos y la visita al cementerio, igual que en el resto de Europa. Lo que hizo fue tomar aquel juego de críos, el de las calaveras vaciadas, y armar con él una fiesta.
Así que las dos cosas son ciertas a la vez, y hay que decirlas juntas. La costumbre de tallar y alumbrar es vieja, gallega y está documentada. La fiesta que hoy se llama Samaín tiene la edad de un cuarentón.
Y en Cedeira lo asumen con una tranquilidad que da gusto. El concello dice de sí mismo que aquí estuvo el origen de la recuperación, y define su celebración como una fiesta de los muertos sin aditivos artificiales. La Asociación de Amigos do Samaín, que es quien la organiza, lo remata mejor: es una costumbre que ya estaba inventada.

La hija que volvió de clase de inglés
El detonante es doméstico y por eso se entiende a la primera.
La hija de Loureiro llegó un día a casa fascinada, contando lo del Halloween que le habían explicado en clase de inglés, y que iba a tallar una calabaza. Para ella era algo nuevo y exótico. Para su padre eran recuerdos de infancia que la niña ya había perdido por el camino. Y pensó lo que era evidente: lo mismo que le acababa de pasar a su hija le iba a pasar a todos los niños de Galicia.
Desde principios de los noventa, la asociación cultural Chirlateira, en la que él participaba, empezó a organizar una fiesta pequeña con un objetivo concreto: recuperar la costumbre de vaciar y esculpir las caliveras. La primera edición se celebró el 24 de noviembre de 1990. Y tenía una condición innegociable, que explica la norma que sigue vigente hoy: se iba de calle, vestido de civil, con la prohibición expresa de ir disfrazado.
Cuántas ediciones lleva es cosa que ni las fuentes locales aclaran. El concello hablaba en 2024 de treinta y cinco años. Un periódico de la comarca dio en su día una cifra de ediciones incompatible con la fecha de fundación que él mismo publicaba. Las cuentas no salen entre fuentes y aquí no se va a fingir que sí.
Lo que hoy sostiene la fiesta es el pueblo entero: junto a la Asociación de Amigos do Samaín colaboran las asociaciones Mulleres da Vila, Buxainas y Mares, la Escola de Música, la Banda de Música y la ANPA Picapeixe.
Qué tiene que ver esto con Halloween
Cada octubre se publica lo mismo: que Halloween procede de una ancestral fiesta celta de los muertos llamada Samhain. Quien ha estudiado el asunto en serio es mucho más prudente.
Ronald Hutton, catedrático de Historia en la Universidad de Bristol y autor de The Stations of the Sun: A History of the Ritual Year in Britain (Oxford University Press, 1996), acepta que en la apertura de noviembre hubo una gran fiesta pagana, al menos en las zonas ganaderas de las islas Británicas. A partir de ahí pone el freno: sostiene que faltan pruebas de que aquella fiesta tuviera relación con los muertos, y también de que abriera el año. Lo que sí era, según él, es un momento en el que convenía protegerse de las fuerzas sobrenaturales o congraciarse con ellas. Y añade algo aún más incómodo: considera que la idea de un año ritual celta con cuatro grandes festivales encabezados por Samhain es una construcción de eruditos de los siglos XVIII y XIX.
La parte cristiana sí tiene fecha documentada. Hacia el año 800 hay constancia de iglesias de Irlanda, Northumbria y Baviera celebrando Todos los Santos el 1 de noviembre. La víspera de esa fiesta se llama en inglés All Hallows' Eve, y de ahí sale, contraída, la palabra Halloween. La emigración irlandesa del siglo XIX llevó aquellas costumbres a Norteamérica, y allí se formó el Halloween que hoy conoce todo el mundo.
Y ahora Galicia, que es donde esto importa.
Cuando la calabaza de plástico llegó a las tiendas españolas, la calabaza tallada gallega llevaba décadas apagándose sola. La costumbre de vaciarla y ponerle una vela seguía viva aquí en los años setenta. La prueba está en la anécdota que arrancó todo: en 1990, una niña de Cedeira volvía de clase de inglés contando como una novedad exótica algo que su padre había hecho de crío en ese mismo pueblo.
De fuera vino el envoltorio: el disfraz de película, el truco o trato, la fecha fija del 31 de octubre. Y vino también la palabra. Los gallegos llaman Samaín a su fiesta tomando prestado el nombre irlandés, y esa es exactamente la parte moderna que el propio Loureiro reconoce sin problema.
Lo que se talla en Cedeira estaba aquí antes.

Lo que el visitante no sabe
El disfraz tiene norma, y viene de la primera edición. La organización lo recuerda todos los años: el único traje propio del Samaín es la sábana, el camisón o la ropa blanca de fantasma. A esas figuras se las llama aquí avisións. La otra opción aceptada es llevar la cara tiznada, haciéndose pasar por un ánima de otro mundo. Tiene su lógica: la fiesta nació en 1990 con la condición expresa de ir sin disfraz. Quien aparezca de personaje de película irá vestido justo de aquello contra lo que se montó todo esto.
Puedes participar aunque no seas del pueblo, y casi nadie lo aprovecha. El concello lo dice con todas las letras: todas las personas que lo deseen están invitadas a llevar sus calabazas y melones tallados a las carpas para que entren en la exposición. Tállalo en casa, bájalo al paseo da Mariña, déjalo con los demás. Por una calabaza pasas de espectador a participante.
Las fechas se mueven cada año, y la duración también. En 2023 fue el 27 y el 28 de octubre; en 2024, del 1 al 3 de noviembre; en 2025, el 31 de octubre y el 1 de noviembre, sin domingo. Lo estable es que cae en fin de semana y que el sábado es el día central —así lo llama el concello—, porque es cuando sale el pasarrúas. El programa se publica en octubre. Reserva cuando lo tengas delante.
Escríbelo bien o no lo encontrarás. En Galicia es Samaín. Samhain, con hache, es la grafía irlandesa y lleva a otra cosa. Para buscar programas y fotos, prueba también por caliveras y por pasarrúas.
Espera una fiesta pequeña. Esta celebración carece de declaración de interés turístico y de campaña que la venda. Lo que ofrece es un pueblo subiendo una cuesta a oscuras con velas. Quien llegue buscando espectáculo se irá decepcionado.
Y si decides venir a vivirlo, ten en cuenta que Cedeira es pequeño y conviene reservar con tiempo. Buscar alojamiento en Cedeira.
Cómo transcurre
El programa cambia cada año, pero el armazón se repite y el cuartel general es siempre el mismo: las carpas del paseo da Mariña.
El viernes por la tarde arrancan los talleres: zonchos, pintura, adornos para llevar en el desfile del día siguiente. Al caer la tarde hay espectáculo o cuentacuentos. En 2024 le tocó a la narradora oral Iseo a moura, con un cuento titulado De cea cos defuntiños sobre cómo se recibe en Galicia la visita de los muertos, que resume el sentido de la noche mejor que cualquier explicación.
También el viernes, y aparte, el Museo Mares de Cedeira ha montado un taller de faroles de Samaín. Plazas limitadas, inscripción por WhatsApp y precio simbólico: 3 € en la edición de 2024.
El sábado, el día grande. Desde las cinco de la tarde, entrega y exposición de las calabazas talladas, taller de tallado para quien llegue con las manos vacías —de calabazas en unas ediciones, de melones en otras—, taller de maquillaje, la Casa das Ánimas y la merendola de outono: bola de azúcar y requesón.
A las ocho y media, el pasarrúas. Recorre el casco antiguo con las luces apagadas. El punto de salida cambia segun el ano: en 2024 arrancó del paseo da Mariña y en 2025, de la zona de la plaza da Marieta. Mira el programa.
Algunos años hay domingo, y entonces se cierra bajo techo y para adultos. El Auditorio Municipal remata el programa: en 2023 fue cine, la película O corpo aberto, dentro del ciclo Mestre Mateo; en 2024, teatro, con una obra sobre una mujer acusada de brujería en la Edad Media, a 2,50 € la entrada. En 2025 la fiesta se quedó en dos días. Cuenta con el viernes y el sábado, y el domingo como propina.

A doce kilómetros está el otro lado
Y ahora la razón por la que Cedeira es un sitio particular para pasar esta noche.
En el mismo término municipal, al este, colgado sobre los acantilados de la Serra da Capelada, está San Andrés de Teixido: una aldea diminuta de la parroquia de Régoa con un santuario que conoce toda Galicia. Turismo de Galicia da la indicación de acceso sin rodeos: desde Cedeira, la carretera hacia Santo André, y a unos doce kilómetros está el santuario.
De ahí sale el dicho: a San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo. A San Andrés va de muerto quien no fue de vivo.
Y la leyenda que lo explica, tal como la recoge el portal oficial de Turismo de Galicia, es esta: el apóstol Andrés llegó navegando hasta estos acantilados, su embarcación volcó y quedó convertida en piedra —la peña que llaman A barca de Santo Andrés—, y nadie acudió a socorrerlo. Como consuelo recibió de Dios la promesa de que tendría un santuario y una romería hasta el fin del mundo, a los que acudirían todos los mortales, vivos o muertos.
Un santuario al que se llega después de muerto si no se fue en vida. Y, doce kilómetros cuesta abajo, una noche en la que se encienden luces para los que vuelven.
Dos maneras de decir lo mismo dentro del mismo municipio: aquí la frontera entre los vivos y los muertos se cruza en los dos sentidos, y se cruza sin dramatismo.
Conviene aclarar una cosa para no vender humo: son dos celebraciones distintas y en fechas distintas. La romería grande de San Andrés cae en septiembre. El vínculo está en la cabeza de la gente que lleva siglos viviendo entre esos dos sitios.
Datos útiles
Cuándo: entre finales de octubre y los primeros días de noviembre, en fin de semana, con el sábado como día central. Las fechas de 2026 no están publicadas todavía.
Dónde: Cedeira, provincia de A Coruña, comarca de Ferrol. El centro de la fiesta son las carpas del paseo da Mariña y las calles del casco antiguo, la vila vella.
Dónde dormir: Cedeira es un pueblo pequeño; si quieres hacer noche para vivir el pasarrúas sin prisas, conviene reservar con tiempo. Ferrol, a unos 30 km, tiene más oferta si el pueblo está completo. Buscar alojamiento en Cedeira.
Qué llevar: ropa blanca, si quieres ir como se va aquí. Y una calabaza tallada de casa, si quieres participar.
Precio: las actividades del paseo son abiertas. El taller del museo ha tenido plazas limitadas, inscripción previa por WhatsApp y precio simbólico. La función del domingo en el Auditorio se ha cobrado aparte.