Halloween en España: de las calabazas gallegas a las noches de misterio

Antes de que aquí nadie dijera Halloween, en las aldeas del noroeste ya se vaciaba una calabaza, se le tallaban cuatro dientes y se le metía una vela dentro. La dejabas en un muro o en el camino, a oscuras, para que al que volviera de noche se le pusiera el corazón en la boca. Caliveras la llamaban en Cedeira; calacús en las Rías Baixas; colondros en Ourense.

O sea que la calabaza con cara, eso que damos por yanqui, llevaba aquí generaciones. Con otro nombre y por otro motivo: los muertos.

Vaciar y tallar es cosa vieja y está documentada. La fiesta es lo nuevo. Rafael López Loureiro, que se pateó Galicia rescatando esta costumbre, dice sin rodeos que el Samaín como tal nunca existió, que lo de aquí era el día de Difuntos y la visita al cementerio; y el historiador Ronald Hutton avisa de que ese «año celta» que todo el mundo repite se lo inventaron los eruditos hace dos siglos.

A partir de ahí, el mapa se llena solo. El magosto gallego y el amagüestu asturiano, castañas en la lumbre. La castanyada catalana con sus panellets. Los calbotes de Castilla y la chaquetía extremeña, con los críos pidiendo fruta puerta por puerta mucho antes de que llegara el «trick or treat». Los Tosantos de Cádiz, con el mercado entero puesto de guasa. Y por encima de todo, el 1 y el 2 de noviembre: las flores, el cementerio, los huesos de santo.

Esto es lo que se hace de verdad en España cuando caen las hojas. Pueblo a pueblo, contado desde dentro.

En Cedeira la calavera se talla en un melón

Aquella costumbre de las aldeas aguantó, y en Cedeira sigue viva cada finales de octubre con un detalle que despista a todo el mundo: aquí las caliveras se tallan en la corteza de un melón. Melón y calabaza conviven, pero el melón es el de aquí: de ahí que a estas calaveras las llamen caliveras de melón.

Cae la noche y apagan el casco viejo. Se va la luz de las calles y solo quedan las velas ardiendo dentro de las caliveras, encaramadas en los muros y en las ventanas, cada una con su cara tallada mirándote desde lo oscuro. Y en ese silencio arranca el pasarrúas, que baja ruidoso entre las velas. De pronto lo que se te acerca es una figura de blanco —una sábana, un camisón, ropa de aparecido: las avisións— o una cara tiznada de negro que no reconoces. El concello lo recuerda todos los años: esto no va de disfraces.

Se merienda bola de azúcar con requesón y se cuelgan zonchos, collares de castañas ensartadas. Debajo de la fiesta late lo de siempre, lo que le da sentido a la penumbra y a las velas: los muertos, los que ya no están, que esa noche se sienten cerca.

Y a doce kilómetros, en lo alto, San Andrés de Teixido, ese del que dicen a San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo: a San Andrés va de muerto quien no fue de vivo. Cedeira es hoy donde mejor se ve todo esto junto, y lo contamos entero aquí: Samaín de Cedeira.

Cuando se encienden las hogueras

En Galicia, cuando pasa Todos los Santos y se acerca San Martiño, el olor a castaña asada se mete por todos los pueblos. Es el magosto. Se junta la gente en los soutos —los castañares—, se hace lumbre, y sobre las brasas va el tixolo, un tambor de metal agujereado donde las castañas, con su corte para que no revienten, se van tostando. Alrededor, vino nuevo, chorizos, y la cara tiznada de ceniza: al final de la noche nadie sale limpio, porque tiznar al de al lado a traición es medio juego, medio rito. Hay quien coge carrerilla y salta la hoguera de un brinco, que dicen que trae suerte. Y debajo de la fiesta, otra vez lo mismo: se dejaba el fuego encendido para que los antepasados vinieran a calentarse, y las castañas que sobraban se echaban al suelo para los que ya no están.

Ese mismo fuego se enciende con otro nombre por todo el norte. En Asturias es el amagüestu, con castañas y sidra dulce; y cuando se acaba, se tiran las últimas al suelo diciendo «¡Esto ye pa que xinten los difuntos!» —esto es para que coman los muertos—. En Cantabria lo llaman magosta. Y en el centro, por Ávila, Salamanca, Zamora y Extremadura, se sale al campo a hacer la calbotá: hoguera, castañas y frutos secos, con una lumbre que, cuentan, se encendía para alumbrar esa noche el camino de las ánimas.

Cruzando a Cataluña, la misma temporada toma otro nombre: la castanyada, la víspera de Tots Sants. En cada esquina de Barcelona aparece la castanyera, la vieja que asa castañas en su puesto y que marca, ella sola, el principio del otoño. En las casas se comen castañas, moniato (boniato) y panellets, dulces de almendra, con vino dulce. Detrás de la merienda hay una velada de difuntos: hace más de dos siglos, mientras tostaban las castañas, las familias rezaban el rosario por los muertos de la casa, y esa noche los campaneros no paraban de tocar a difuntos, turnándose, comiendo castañas y moscatel para aguantar el frío y las horas.

De un extremo al otro del mapa, la misma escena: el otoño, el fuego, las castañas. Y debajo, siempre, los muertos.

El 1 y el 2 de noviembre: la visita a los que faltan

Quita las calabazas y los disfraces y queda el gesto que de verdad ha marcado estas fechas en España, el más viejo y el más sencillo: se va a ver a los muertos. El 1 es Todos los Santos; el 2, los Fieles Difuntos. Esos dos días los cementerios se llenan como en ninguna otra fecha del año. Se va con un cubo y un trapo a limpiar la lápida, a cambiar el agua de los floreros, a dejar un ramo de crisantemos, que es la flor de este día. Vecinos que se cruzan entre las tumbas, se saludan en voz baja, se paran delante de un nombre. Todo callado, sin sobresalto: la misma visita, pueblo a pueblo, el mismo fin de semana.

La mesa acompaña. Por estos días las pastelerías se llenan de huesos de santo —canutos de mazapán rellenos de yema, con forma y color de hueso aposta, para acordarse de los que faltan— y de buñuelos de viento, esas bolas fritas y azucaradas de las que se dice que por cada una que te comes sacas un alma del purgatorio. Son dulces de obrador de convento, de almendra, con raíz morisca detrás; se hacen en toda España y caen justo cuando se termina de recoger la almendra. En Cataluña el sitio de honor lo ocupan los panellets.

Y el sur se lo toma a broma. En Cádiz, la víspera, los mercados se engalanan para los Tosantos: los puestos visten su género —pescados, frutas, carnes— de famosos y de chistes de actualidad, con toda la guasa gaditana, y se pelean por el mejor montado. Al lado, los mismos dulces de siempre. Una carcajada gaditana el día que el resto del país baja la voz.

La noche en que vuelven los muertos

Hubo un tiempo en que la noche de Todos los Santos era, antes que nada, noche de teatro. Todavía hoy, cuando se acerca el 1 de noviembre, en escenarios de toda España se levanta el telón sobre el mismo drama: el Don Juan Tenorio de Zorrilla, el burlador que se juega el alma y la salva en el último aliento por amor. La escribió en 1844, y su acto final transcurre justo en la noche de difuntos, con los muertos decidiendo la suerte del vivo. Por eso se pegó a esta fecha y no se ha soltado en siglo y medio. Hay sitios donde ni hace falta telón: en Sevilla la representan dentro del cementerio de San Fernando, a la luz de los candiles, y en Barcelona, entre antorchas, en el viejo camposanto de Poblenou. El decorado lo pone la propia noche.

Y donde no hay teatro, hay lumbre y alguien contando. Porque esta es la noche de las historias de miedo, las que se cuentan con la puerta cerrada y los muertos, dicen, sueltos ahí fuera. La más grande la escribió Bécquer en 1861, y ocurre en Soria.

El Monte de las Ánimas existe de verdad, a las afueras de la ciudad, junto al Duero. La leyenda lo hace de los templarios, y cuenta que la noche de difuntos la campana de su capilla en ruinas dobla sola, y que los muertos, envueltos en jirones de sudario, salen a una cacería fantástica entre la maleza: braman los ciervos, aúllan los lobos, y al amanecer quedan impresas en la nieve las huellas de unos pies descarnados. Esa noche, un joven llamado Alonso vuelve al monte a recoger una cinta azul que su prima ha perdido. No regresa. Al día siguiente, la cinta aparece sobre la mesilla de la muchacha, desgarrada y con sangre.

Soria no la ha dejado morir. Cada víspera de difuntos revive la leyenda por sus calles, de la plaza del Rincón de Bécquer hasta el río, con sus templarios, sus esqueletos, el relato dicho en voz alta junto al Duero y hasta el paso descalzo sobre las brasas. Se puede caminar el escenario real —San Juan de Duero, San Polo, la orilla— y ponerle sitio a cada frase de la historia.

Lo de aquí, contado desde aquí

Y Soria no acaba en el Monte de las Ánimas. A un rato de la ciudad, monte arriba, está la Laguna Negra, un agua oscura y quieta encajada entre paredes de roca donde nace el Duero. Allí situó Machado La tierra de Alvargonzález: dos hijos que matan al padre por heredar antes de tiempo y arrojan su cuerpo a la laguna con una piedra atada a los pies. La leyenda se la inventó él —no viene de antiguo—, pero prendió tan bien en el sitio que hoy tiene su propia ruta, y pocos miran esas aguas negras sin acordarse del muerto que, dicen, guardan en el fondo. Soria entera se recorre así, poniéndole a cada paisaje su historia.

Y así se responde sola la pregunta del principio: la calabaza con su vela ya estaba en las aldeas del noroeste, y lo que llegó de fuera se limita a compartir fecha con algo que aquí venía de muy atrás. Halloween puso el disfraz y el «truco o trato»; el fondo —la noche en que los vivos se acuerdan de los que se fueron— llevaba siglos aquí, con acento propio en cada comarca.

Esto es solo el mapa. Cada fiesta tiene su noche, y las noches se mueven cada año: las vas encontrando, con sus fechas y su pueblo, en las fiestas de octubre y noviembre en España. Y para seguir tirando del hilo de estas costumbres, las contamos una a una en cultura y tradiciones.