Empieza parecido en cada casa: las luces encendidas aunque sea media tarde, la mesa decorada y fuera un frío de guantes. Hay una Navidad que sale en los anuncios y otra que se vive de verdad, cada pueblo, cada valle, tira por su lado: uno levanta un belén que le lleva meses, otro apalea un tronco o enciende velas sobre un ramo y en alguno esperan a un viejo que baja del monte con la cara tiznada de carbón. Caben tantas Navidades como valles.

Y cuando conoces la historia de verdad es más rara y más divertida que el "esto es milenario" del cartel.

Dentro cabe todo el mundo

Estos días la casa se llena y no se vacía hasta Reyes. Llegan los que viven fuera y se quedan a dormir en el pueblo; aparece la prima esa que cada año saca el jersey de renos, el de las luces que parpadean; se juntan tres generaciones alrededor de una mesa que no estaba pensada para tantos. Antes ha habido que ponerlo todo: subirse a una silla a colgar las luces con los críos dando instrucciones desde abajo, o hacerlo los dos sin prisa una tarde cualquiera, vestir la mesa, dejar los regalos esperando en la ventana. Y cuando cae la tarde, las luces del salón calientan la casa más que la calefacción.

Fuera, el pueblo entero encendido. Antes, en muchos pueblos, los críos iban de puerta en puerta con la pandereta y la zambomba, cantando villancicos y sacudiendo la hucha para que les cayera el aguinaldo; en algún sitio todavía se hace.

Hay un rato, después de comer, que es el mejor del año y no sale en ninguna foto: el sofá, la mantina por encima, y de fondo esa película que ya sabes cómo acaba y da igual.

Más tarde, el chocolate demasiado espeso para mojar, o el café con las dos manos alrededor de la taza mientras miras por la ventana cómo cae el frío ahí fuera. Y en algún momento, el abuelo que te busca la mano y te deja dentro, cerrada, la propina. Nada de esto tiene día marcado en el calendario. Pasa en cualquier tarde de estas dos semanas, y es la parte que nadie apunta y todo el mundo recuerda.

Nochebuena, la noche de quedarse

La Nochebuena es de puertas adentro. Es la noche de recogimiento, de estar con los tuyos y de no salir. Se cena temprano y sin prisa, y lo mejor llega después, en la sobremesa que se alarga: la bandeja de higos con nueces, los turrones abiertos, el mazapán, los polvorones que hay que apretar para que no se desmiguen.

Se habla de lo de todo el año, se sacan los juegos de mesa, alguien se arranca a cantar y hay quien hasta baila. Y en algún momento se hace la foto: todos apretados, los que caben en el sofá y los de detrás de pie. Muchas veces es la única foto de la familia entera en todo el año.

La Nochevieja es el reverso: la noche de echarse a la calle a despedir el año, donde haya gente y calor: los vinos de antes y las copas de después, con los de siempre, y con los que solo ves estas fechas.

El frío de la calle, el calorcito del bar

Y luego se sale. Te arreglas más de lo normal, te pones el abrigo bueno, gorro y guantes, y a la calle helada, con el vaho saliéndote al hablar. La recompensa está a unos metros: empujar la puerta del bar y que te reciba de golpe el calorcito, el ruido y la gente, los vinos con los de siempre y con los que solo ves estas fechas. En los pueblos de montaña, los carámbanos cuelgan de los aleros y las cumbres guardan todavía los últimos tonos del otoño antes de la primera nevada.

Y de fondo, el pueblo entero encendido. Hay ciudades que montan alumbrados con música y luz; las plazas se llenan de casetas de artesanía, de turrón, de olor a castañas recién asadas que el castañero de la locomotora está vendiendo en cucuruchos hechos con papel de periódico. Cuándo se encienden las luces y cuándo abre cada mercado cambia de un año a otro, así que eso lo llevamos al día en diciembre y en enero.

Huele a chocolate, y resulta que es un belén

Te acercas al portal y caes en la cuenta de que las figuras, las casas, hasta las montañas del fondo son de chocolate: más de mil kilos que una familia de Rute monta a mano cada año. En una playa de Gran Canaria, a la vez, unos escultores levantan el nacimiento en arena, sabiendo que en enero se lo lleva el mar. Los hay que recorres por dentro, entre figuras más altas que una casa, y los hay sin una sola figura de barro: es el vecino, vestido de pastor o de posadero, el que aguanta la tarde de frío en la calle para que camines por un Belén de hace dos mil años.

Cada uno es de su padre y de su madre. Los mejores de cada clase, y por qué el de Rute empieza a montarse en verano, están reunidos aquí: los belenes más espectaculares de España.

Y en Cataluña, en cualquier belén, hay que buscar entre el musgo al Caganer, el pastorcillo que hace sus necesidades a escondidas y que, dicen, trae suerte a quien lo encuentra.

"Brillemos Juntos". Luces de Ferrero Rocher. Pueblo elegido en 2018, Puebla de Sanabria (Zamora).

La noche en que los niños no duermen

En casi toda España los regalos los traen los Reyes, y la víspera se sale a recibirlos. En Alcoy, esa noche, los pajes reales trepan por las fachadas con escaleras de mano para dejar los regalos balcón a balcón, un detalle que en otros sitios se ha perdido y que allí conservan desde que empezó todo. Porque la de Alcoy es la primera cabalgata documentada que llega hasta hoy: se celebra de forma continuada desde 1885 y está considerada la más antigua del país.

De ahí a los Reyes que en Barcelona llegan por mar, cada pueblo vive el 5 de enero a su manera. Las tienes contadas una a una aquí: las cabalgatas de Reyes de España.

Los que bajan del monte en Nochebuena

Es Nochebuena y un crío levanta un palo. Delante tiene un tronco con la cara pintada, tapado con una manta para que no pase frío, al que lleva semanas echándole de comer. Le canta, le pega, y de debajo de la manta empiezan a salir dulces y turrón. Es el Tió, y así llegan los regalos en Cataluña y en la franja de Aragón.

El Tió tiene compañía por todo el norte, y casi todos comparten la misma estampa: un viejo que baja del monte esa noche. En el País Vasco y Navarra asoma el Olentzero, un carbonero grande con la cara tiznada y la pipa en la boca, que en Donostia baja acompañado de Mari Domingi. En Galicia, el Apalpador llega de las sierras de Lugo y, mientras los niños duermen, les palpa la barriga para ver si han comido bien todo el año; si es que sí, les deja castañas y algún regalo. En Cantabria aparece el Esteru, un leñador con su burro, y en la noche de Reyes las Anjanas, unas hechiceras vestidas de blanco que reparten juguetes a los niños de las casas más pobres. En Asturias el suyo llega del mar: l'Anguleru, un pescador que entra con su lancha por Nochebuena. Y en las montañas de León vive la Vieja del Monte, una anciana que desde su cueva mandaba comida a los críos con los pastores.

Algunos de estos personajes vienen de muy atrás; a otros los ha rescatado hace nada un puñado de vecinos que no quería verlos desaparecer, nosotros tampoco, por eso les hemos dedicado su pequeño rincón, para que los puedas conocer.

La suerte de empezar el año

La Navidad española está llena de gestos pequeños que a un forastero le cuesta creer. Las doce uvas que hay que comer al ritmo de las campanadas, y siempre alguien que se atraganta y no llega. El sorteo del Niño sonando en la radio la mañana del 6, con el décimo compartido guardado en la cartera. Un belén entero de chocolate. Un tronco al que se le pega con un palo. Las hemos ido juntando aquí, con lo que hay detrás de cada una: curiosidades navideñas de España.

La Navidad que recuerdas, la de la casa llena y las luces encendidas a media tarde, sigue prendida en algún valle de España, casi igual que entonces. Si ya sabes lo que buscas, entra por el belén, por la cabalgata, por los que bajan del monte o por las rarezas de más arriba. Y si quieres ver qué se celebra estos días cerca de ti, tíralo por tu comunidad o asómate a cultura y tradiciones. Se hace de noche pronto y hay mucho encendido ahí fuera.

"Brillemos Juntos". Luces de Ferrero Rocher. Pueblo elegido en 2018, Puebla de Sanabria (Zamora).